Rodolfo Alonso

En plena adolescencia, Rodolfo Alonso se vio convertido en el miembro más joven de la legendaria revista argentina de vanguardia "Poesía Buenos Aires" (1950-1960). Allí aparecieron sus primeros poemas, escritos a partir de 1952. Desde "Salud o nada" (1954), sus libros se sucedieron. El célebre Instituto Di Tella lo incluyó en su selección de "Poesía argentina" (Editorial del Instituto, Buenos Aires, 1963), junto con Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley, Alberto Girri, Julio Llinás, Francisco Madariaga, Enrique Molina, H. A. Murena, Olga Orozco y Aldo Pellegrini. Con el voto de más de 250 especialistas fue seleccionado para la importante "Antología consultada de la joven poesía argentina" (Fabril Editora, Buenos Aires, 1968), de sólo ocho autores, donde comenzaron a ser reconocidos Alejandra Pizarnik, María Elena Walsh o Juan Gelman.
Publicó más de 25 libros, la mayoría de poemas, pero también de ensayo y narrativa.
Un jurado de poetas (Giannuzzi, Madariaga, Salas, Yánover) le adjudicó en 1997, junto a Juan Gelman, el Premio Nacional de Poesía. En 2002 recibió, en Venezuela, la Orden Alejo Zuloaga, máxima distinción de la Universidad de Carabobo. Premio Konex de Poesía. Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía.


Poemas

La muchacha de las Islas Canarias | Buenos vientos | N. | Ojo por ojo | Querer es poder
El espejo de orina | Déjà vu | Como dos astros | Olor a lluvia | Hormigas sobre naranja
Desde la Tierra Prometida | Tormenta de Qumrán | Como Rimbaud en Harrar


La muchacha de las Islas Canarias

la que yo amo distribuye el tiempo
conserva las raíces de las horas en sus manos
salud en sus campanas
en su muralla convertida en lluvia
en su corazón que está en declive

en la cumbre la muerte en el fondo el amor
amor sus dos pupilas amor cabalga la certeza
y ella convive con los hombres

hoy sus islas habitan mi garganta
la nadadora negra está de pie en la orilla
y hace jirones de pelo con el viento

la que yo amo persiste en el invierno
se da y huye
para luego volver a prosternarse
levántate esperada tu corazón es un crisol
pero aún hay una espada en tu sonrisa

la que yo amo está cerca de mí
nuestra fuerza es la fuerza de los hombres
está en mis venas y en mis músculos
caliente como el pan como la sangre como el vino

(De "Salud o nada", 1954)

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Buenos vientos

El amor nuestro fue una belleza incandescente, paseada con dignidad entre sobresaltos y disculpas.

Lo nuestro creció de golpe, auspiciado por la buena voluntad de algunos vientos que no supieron sino alterar nuestros caminos, unificar nuestras distancias, darnos una mano.

Fueron los únicos culpables de esta feroz batalla por la aventura,
recientemente concluida.

(De "Buenos vientos", 1956)

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N.

Si yo te hubiera dicho: el corazón es una fruta enorme. Si te hubiera cantado con estas palabras de descontento y de traición, si hubiera abierto una sola de mis llagas, podrías hoy dormir a mi costado.

Pero el cansancio espera y esto es mucho. La vida no da más de lo que se le pide. Las distancias se agrandan o se rompen.

La tierra tiene un ritmo.

(De "El músico en la máquina", 1958)

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Ojo por ojo

La mirada de los nuevos mártires no muere limpia.

Es agria y cansada, preñada de resentimientos. Aterradora para el delator que verdaderamente crea en la justicia.

(De "El jardín de aclimatación", 1959)

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Querer es poder

desnudos
ante la noche o la miseria

la mirada sangrante
hace la luz del día

(De "Entre dientes", 1963)

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El espejo de orina

Liviana luz le dora el agua dulce,
la dulce mansedumbre, el dulce ahora.
Días vendrán en que se ponga seria
la luz, la terca
manzana de vivir. Ahora
gira la perra sobre su propio aliento,
tibia olfatea y huye
como la luz de todo.

(De "Hablar claro", 1964)

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Déjà vu

Una mujer se desnuda en mi memoria
mientras afuera resplandece la ciudad
o llueve y hace frío

Una mujer lava su pelo negro con el agua de mi infancia
una distancia va formándose

Su piel es lenta y fresca como la mañana que acaricia
su voz se hace lejana

Una mujer me alcanza
el primer seno descubierto
el primer seno acariciado

Mientras adentro resplandece la memoria

(De "Hago el amor", 1969)

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Como dos astros

Como dos astros errantes
que se han unido por su errar
nuestros errores nos acercan
nuestros errores nos separan

Como dos astros errantes
que se deslizan por amor
nuestras miradas nos atraen
nuestras miradas nos rechazan

Como dos astros errantes
que se separan para ver
la sed el hambre el sol la furia
nuestros caminos encontrados

En lo profundo de los cielos
en el silencio de la luz
como dos astros errantes
morimos renacemos

(De "Señora Vida", 1979)

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Olor a lluvia

El aire trae de pronto recuerdos del olvido
con sabor a horizonte, hierba húmeda y ausencia.
Color difuso y neto, casi como sin dueño,
máscara o habitante, límpidamente orgánico,
cargadamente etéreo. Espíritus, espíritu;
huellas de una memoria que gira en su vacío
repleto: fuegos, cuerpos, dioses, rastros, palabras.

(De "Sol o sombra", 1981)

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Hormigas sobre naranja

Lo negro devorando al esplendor,
aullando silencioso,
y silenciosamente devorado
por tanta maravilla.

(De "Alrededores", 1983)

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Desde la Tierra Prometida

Los viejos te soñaban y ya no eras promesa.
Sal sobre las heridas. Y corona de espinas.
No hay primavera fácil en las ciudades tóxicas.
El campo es impotente en manos impotentes.

Los hijos de la tierra, los hijos de la sangre,
abren los mismos ojos a la mañana ácida.
¿Quién podría anidar sobre nieblas y espanto,
tanta muerte infecunda, esta vida que mata?

No es el bello desierto ni la selva voraz.
Un reiterado abismo nos ciega y nos atrae.
Quiere hacerse destino, se pretende constante.
Nos engañan y quieren engañarse también.

¿Cuándo terminarás, Saturno, con nosotros?
Tu mirada congela, y tu estrépito encubre
los dolores, los odios, las miserias, las penas.
¿Nunca terminarás de devorarnos, patria?

(De "Jazmín del país", 1988)

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Tormenta de Qumrán

Y tuvo que llegar del desierto
la evidencia salvaje, el aliento
sagrado del viento sin mesura,
del simún, avaro y codicioso,
fehaciente, veloz, que resucita
el polvo adormilado del archivo,
ese orden púdicamente congelado
por el ávido ojo del poder.

Y tuvo que ser lengua, todavía,
el verbo nuevamente hecho carne,
esa palabra al viento, errante,
empecinada, grave, clamorosa,
atravesando encima de las muertes
las frígidas murallas del silencio.

¡Alegría del habla que se habla
cuando ya nadie habla, patética,
extremada alegría, que estremece
la alfombra del concilio y abre
de un solo golpe, con su feroz
abrazo de aire fresco, las ventanas
del sigilo, el recaudo y la clausura!

Del viento del desierto, saludable,
incómodo, inmortal, sólo podía
esperarse algo santo: el espesor
ácidamente vivo de la verdad,
desnuda.

(De "Música concreta", 1994)

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Como Rimbaud en Harrar

¿Sin que la poesía me abandone
también yo he frecuentado reyezuelos
en ácidas comunas suburbanas
por óbolos pequeños, subsistencias,
en los alrededores del poder?

¿Salvando las distancias, lenguaraz
de caciques menores, jefes siervos,
sustentando retoños vigorosos
con migajas de estruendo, alegorías,
para que la poesía me abandone?

(De "El arte de callar", 2003)

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