|
El "blog" de Federico RevillaLos jóvenes, en abrumadora mayoría, no se toman en serio la política. Tienen razones de sobras. Si se distinguen dos grupos en tales razones, el primero ha de ser el de la eficacia : los resultados mandan (para lograrlos “se hace” política, por lo menos en teoría). Ahora bien, los resultados suelen ser decepcionantes : la economía marcha mal (ya desde antes de la crisis mundial de 1998-1999), escasean los puestos de trabajo, el país avanza agobiado por unas burocracias exageradas – que le/nos cuestan mucho dinero –, la justicia está anquilosada, la sanidad pública (que es excelente en cuanto a su potencial humano), resulta deficiente en su organización y dotación económica, la enseñanza es desastrosa en diversos aspectos... En fin, abundan demasiado los escándalos y las corrupciones, sean de uno u otro bando sus promotores y sus beneficiarios. El segundo grupo es previo y mucho más vinculado con los resultados de lo que puede parecer a primera vista. Padecemos una clase política que habla mucho : mitines, discursos, declaraciones... Pero, ¡ay!, esos políticos que hablan tanto lo hacen mal : no solamente destrozan el lenguaje demasiado a menudo, sino – lo que es peor – muy frecuentemente hablan para no decir nada. Esta vaciedad del lenguaje – aunque ellos no se den cuenta de ello – es uno más, y no el menor, de los factores de su descrédito. Sonará a obviedad recordar que las palabras sirven para decir cosas. Por ello mismo, cuando se emplean para no decir nada nos hallamos ante un engaño en origen del que puede recelarse todo. Por lo general, se trata de suplir vanamente la ausencia de contenidos. A menudo, más allá de eso, se pretende “colar” propuestas, afirmaciones o denuncias inaceptables. Queda aparte el mal uso del lenguaje, frecuentísimo, tan sólo para denostar al enemigo político : cuando no difamarle. En estos casos, el asunto debiera zanjarse en los tribunales de justicia. Parece que la única finalidad de muchos políticos – demasiados – no llegue más allá de convencer sobre cuán desastrosos, incapaces e incluso indignos y corruptos son sus antagonistas en la lucha por el poder. Existe un concepto que, por desgracia, martillea continuamente los oídos : mentira. El contrario siempre miente (¿y no acaso el que lo denuncia?). El mal uso de este vocablo y todos sus derivados llega hasta la estupidez de una frase hecha que repiten casi todos (por supuesto, muy ajenos a su estupidez, porque se quedan en su malignidad) : “Usted miente y lo sabe”. Si esos políticos fuesen elementalmente letrados sabrían que la mentira, toda mentira, conlleva la conciencia de su propia falsedad. Es decir, no miente quien incurre en falsedad involuntariamente. Cuando ignora la verdad, dícese que está equivocado, que yerra, que se confunde... Pero no miente. Sólo miente quien vulnera deliberadamente la verdad. Esa es una conducta rechazable, de donde resulta que imputar a alguien una mentira (o muchas) es un insulto grave. Los caballeros y las damas honrados no mienten. Según ellos tanto repiten, los políticos, sí. En esta indiferencia respecto al valor de las palabras, se llega a extremos delirantes. Cuando apareció ante las cámaras de televisión durante la tarde-noche del aciago 14 de marzo de 2004 quien era entonces Ministro de Interior, defendiendo a todo trance la autoría de ETA sobre la terrible matanza – cuando ya casi todo el mundo sabía que no había sido ETA, sino probablemente un comando de extremistas musulmanes – se despachó a sus anchas contra quienes mantuviesen la opinión contraria. Dijo textualmente que quienes así pensaran eran ( = éramos) unos “miserables” : insulto ciertamente muy grave. Pero, no satisfecho con eso, nos amenazó con la cárcel, sin olvidarse de añadir que no gozaríamos de beneficios penitenciarios de ninguna clase. Hoy quizá pocos se acuerden de aquel ministro, joven bobo hasta el extremo de ignorar que en la legislación española ya no se contemplan unos supuestos delitos de opinión : nadie puede ser juzgado por lo que piense o suponga. Pero aquella lamentable intervención, en cambio, sí que incurría en muy graves defectos, judicialmente perseguibles : conculcaba la Constitución española, ¡nada menos!, tanto en su artículo 18, 1 (“Se garantiza el derecho al honor...”), como en su artículo 20, 1, a (“Se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones...”). Semejantes infracciones debieran haber sido recogidas, “de oficio” por el Fiscal General del Estado para su traslado a los tribunales de justicia : nada menos que insultar gravemente y amenazar sin razón con la cárcel a unos cuantos millones de españoles (¿catorce o más, acaso?), con las agravantes de la alta representación del personaje – un ministro del gobierno –, y la difusión masiva de sus palabras mediante un canal de televisión en momentos, por desgracia, de audiencia extraordinaria. Pero el Fiscal General no hizo nada y los españolitos aludidos hubimos de cargar tanto con el grave insulto como con la amenaza estúpida. Algo mucho más serio y doloroso nos embargaba a todos en aquel trance. He aquí que tan extremoso ejemplo confirma, por otro costado, la penosa situación actual del lenguaje. Hemos evocado un insulto que casi no ofendió a nadie (aunque tal fuera su objeto), así como una amenaza formalmente seria que nos dejó a todos igualmente fríos... justamente por su propia falta de seriedad. Ahora bien, que un Ministro de Interior hable públicamente sin el control de unos mínimos de seriedad debiera ser alarmante. ¿Qué responsabilidad es la suya? ¿Qué sentido de su propia dignidad puede hallarse tan embotado que se cometan deslices tan gruesos (encima, inútiles)? No se debe jugar con las palabras : antes bien, es preciso emplearlas con precisión, cautela y convicción. No afirmar lo que no conste. No prometer lo que no se cumplirá. No confundir al público, sean o no supuestos votantes. En fin, no insultar, ¡nunca y a nadie!, por muy graves que las circunstancias sean. Los males y los quebrantos de la política actual comienzan, se consolidan y se rematan en el empleo frívolo e ignorante del lenguaje. Ya que los políticos lo descuidan de tal modo, los demás debiéramos mimarlo como algo tan decisivo y delicado como es efectivamente. enero 2010
"Como no les entiendo casi nada, "paso" de ellos. Estoy segura de que hablan de cosas que no tienen nada que ver conmigo. ¡Pues allá se las compongan!"
“Me gustaría que las palabras fuesen siempre claras y comprensibles. ¿Es pedir mucho?”.
“El ejemplo que ponéis me ha dejado K.O. No sabía que todo un ministro hubiese insultado de forma tan grosera a una barbaridad de gente que a él no le había hecho nada. ¿Y encima pretenden que se respete a los gobernantes?”.
“Bueno, bueno, pero a mi ni en el colegio ni en el instituto me han ayudado a tomarme las palabras tan serio. No sé qué pensar”.
“Peor es maltratar a las personas. Y se hace”.
"Creo que en otros países los políticos no han perdido las formas hasta ese punto. Se puede estar en desacuerdo, se puede incluso sentir enemistad hacia una persona... pero ser un borde es algo muy diferente". enero 2010
Historial completo de Federico Revilla en su web personal:
www.cultuamericas.org/fr
|