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El "blog" de Federico RevillaLos empresarios alzan la voz. El presidente del Círculo de Empresarios ha formulado una propuesta que yo no dudo en considerar – como otras anteriores de sus colegas – puro terrorismo social. El señor presidente propone a) Que la subida de las pensiones cada año sea inferior a la inflación (es decir, que los jubilados pierdan poder adquisitivo, si acaso tenían alguno). b) Que su cálculo [el del montante de las pensiones] se haga sobre lo aportado durante toda la vida laboral (o sea, entrando en el promedio valores mínimos como los de los comienzos de la misma, tanto por la categoría que entonces pudiera haber alcanzado el contribuyente, de suyo precisamente mínima, como por la abismal diferencia del valor del dinero. Yo recuerdo que mi primer sueldo fue de 450’— pesetas al mes. Esas magnitudes se pretende que intervengan para promediar lo que debe ser la pensión del futuro). c) Que se aplace la edad de jubilación hasta los 70 años. Esta última es la medida más espectacular o escandalosa. No afirmo que la más grave, pues las tres lo son en alto grado. ¿Quién se imagina un mundo laboral donde “trabajen” personas de 67, 68 ó 69 años? ¿Van a decirnos que su productividad va a ser la misma que en sus años de madurez? Por otra parte, ¿qué pueden opinar los jóvenes, a quienes se escamotearían así “aún más” puestos de trabajo, los que actualmente deja libres la jubilación a los 65 años? Otra cuestión es que los mayores de esta edad puedan y quieran prestar a la sociedad nuevos servicios, no asumidos por los más jóvenes, según su capacidad y sus preferencias, y sean compensados en justicia por aquella colaboración. Pero totalmente al margen de obligatoriedad alguna. En efecto, contar con los “mayores” ha de ser un orgullo, una aportación valiosa y un apoyo a su salud, incluso, tanto física como psíquica (sentirse inútil es muy perjudicial para el equilibrio del individuo). ¡Pero siempre y cuando ellos quieran! : libre y gozosamente. No por imposición legal. Por lo demás, no es creíble que los empresarios se dispongan a pechar con una masa laboral envejecida hasta aquel punto. El bajón que se determinaría en la productividad – que vemos incluso los más legos en la materia – sin duda lo habrán considerado ellos mejor que nadie : fatiga biológica, lentitud de reflejos, desgana moral, incapacidad creciente para adaptarse a los nuevos modos, aumento de las bajas por enfermedad... Lo que ocurre es que esa medida atroz de mantener en el tajo a los ancianos se complementaría, en su previsión, con otra que no anuncian : a saber, el despido libre. No con este nombre, por supuesto, sino bajo cualquier eufemismo hipócrita que disimulase lo que, ya actualmente, es casi una realidad. Así pues, que nadie se preocupe de hallar ancianos en el trabajo : habrán sido “eliminados” antes de la edad fatídica de su jubilación, tan pronto como – naturalmente – no rindan lo que se exige de ellos. Lo terrible no es que se manifiesten unas propuestas tan desalmadas como la que hemos debido resumir : todos debiéramos saber hasta dónde llegan los sentimientos humanitarios del colectivo que parece representar su portavoz (con las honrosas excepciones que cabe suponer, aunque no aparecen). A mi me inquieta algo todavía peor : la insensibilidad de la opinión pública ante ellas. Una sociedad democrática sana debiera haber acogido dichas propuestas con un clamor unánime de indignación. Debo insistir en mi idea, ya formulada otras veces : si está penada la “apología del terrorismo” o la inducción a éste, debiera serlo igualmente este otro tipo de atentado contra la modesta estabilidad de la clase más desprotegida de todas, la de quienes “hubieron trabajado” durante toda una vida para verse esquilmados finalmente más que nunca. Es terrorismo pegarle un tiro al prójimo, no faltaría más. Pero también lo es maquinar para desposeerle de un nivel de vida estrictamente justo. No olvidemos que en las actuales circunstancias ya son muchos los jubilados que no llegan siquiera a aquel nivel justo y se encuentran en la pobreza. Pues bien, he ahí que se pretende lograr para ellos “más pobreza” todavía. Mientras tanto, los autores y propaladores de programas semejantes continuarán en la opulencia. Algunos tienen derecho a ella. No se lo regateo : sencillamente, lo recuerdo. En cambio, no quiero recordar – ni pensar – cómo alcanzaron derecho semejante. abril 1996
“De acuerdo. Para ser terrorista no hace falta tirar bombas”.
“Me han cabreado mucho las propuestas de ese señor, aunque las hiciera unos años atrás. Seguramente, ahora, con esta crisis tan tremenda, piensa lo mismo o peor. Muchos como él opinarán que eso es lo que hay que hacer. Son gente peligrosa. ¿Qué defensa tenemos los trabajadores frente a sus propuestas?”.
“La opinión es libre. Pero da bastante miedo que gente con fuerza y con poder opine de esa manera”.
“Yo propondría que las personas que piensan esas barbaridades tuvieran que vivir como nosotros los mileuristas. Quizá cambiasen”.
"Pero algo deben decir contra esas propuestas los sindicatos y las asociaciones que representen el mundo del trabajo. ¿O no?".
Historial completo de Federico Revilla en su web personal:
www.cultuamericas.org/fr
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