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El "blog" de Federico Revilla
Teatro, por fin. No el teatro minoritario, con visos de iniciático, buenas intenciones y entusiasmo a chorro para una calidad muy variable, a que estamos acostumbrados en Barcelona desde años. Ni el teatro masivo, de humor fácil no siempre digerible, que enlaza una temporada con otra... y desgraciadamente enlaza también con el ayer, todavía triunfante en la enésima revisión por TVE de las películas de Martínez Soria : de suyo tan perecederas y sin embargo mercadológicamente vivísimas. No. Esta vez se trata del buen teatro, sustentado sobre la firme columna de una intérprete sensacional : Concha Velasco, un pedazo de historia del espectáculo. La recuerdo, tierna y jovencísima en una interpretación hechicera de “La dama del alba”, de Alejandro Casona, presentada en el inolvidable “Estudio 1” de TVE. Toda la iconografía de la muerte, áspera y repelente – casi siempre, visiones cadavéricas y en su defecto viejas espantosas –, había sido trastocada mediante la presencia de una casi adolescente de mirada luminosa y sonrisa irresistible. Conchita Velasco – entonces el diminutivo hubiera sido insubstituíble – componía una muerte tierna y pura, hechicera y arrebatadora a quien se hubiera seguido de buen grado hasta cualquier parte. Interpretó luego muchas películas de puro consumo, prescindibles, ligeras y simplonas, a las que ella prestaba su magia personal. Se consagró como el arquetipo de la “chica ye-ye” y conservó este principado durante bastantes años. Pero ella era – y es – una formidable “todo-terreno” del espectáculo : y regresó algunas veces a las propuestas más comprometidas. Así, “Teresa de Jesús”, dirigida por Josefina Molina en 1984, papel hondo y complejo donde los haya, que le permitió dejar vislumbrar otra vez a la intérprete excepcional que de vez en cuando se escapaba a lo más alto del arte interpretativo. Luego, cayó de nuevo repetidamente en los cometidos de presentadora en televisión de concursos vanos o necios, como hube de lamentar en un artículo escrito hace años. Como ella confiesa con franqueza desarmante en una entrevista con Juan Cruz, en “El País Semanal”, la vida la ha zarandeado mucho, tanto en lo afectivo como en lo económico, y ella siempre le ha plantado cara como ha podido. Ahora, al borde de los setenta años, ha desarrollado una temporada en un teatro barcelonés. Teatro puro, aunque la obra – “La vida por delante”, de Romain Gary – es una pieza correcta en modo alguno sobresaliente. Su mayor mérito es el ambiente que recoge de bondad normal y simple, bondad cotidiana en zapatillas, tanto más oportuna y benéfica en estos tiempos agitados, más bien agrios, que nos ha tocado vivir. El familiar argumento, que no apasiona, y su mucho más sencillo desarrollo, que no admira, sirven en cambio para aquietar el ánimo... y eso la gente lo agradece. Concha Velasco borda su papel, casi siempre a dúo con Rubén de Eguía, un joven actor, que se arriesgaba a ser “devorado” en escena por su avasalladora compañera, rebosante de arte y de oficio, que en la vida real pudiera ser su abuela. No es así : Rubén, en su papel de “Momó”, mantiene con entereza el amable dúo interpretativo, no cede ni flojea un solo instante, y eso le acredita como un profesional de cuerpo entero, a pesar de su edad. Teatro lleno, sin una sola butaca vacía, en el temible agosto barcelonés : otro dato significativo. He asistido a la representación tres días antes de finalizar la temporada. Pero más que la obra en sí, una vez asimilada su “cura de buenos sentimientos”, me ha conmovido la reacción del público. Jamás me había sentido inmerso en un público más “entregado”, entusiasta y afectuoso. Al final de la representación, todos los espectadores, en pie, parecían poseídos por un dinamismo que les impulsara hacia delante, hacia el escenario. Un cariño estruendoso a Concha, la gratitud por los buenos ratos que se le deben, después de tantos años de trabajo. Una especie de abrazo interminable de un gentío emocionado a una mujercita, menuda y verosímilmente achacosa. Esta es la incomparable virtud del teatro : el contacto inmediato y – sólo en casos excepcionales como éste – el intercambio afectivo mutuo entre los intérpretes y su público, durante un breve tiempo convertidos en una unidad viva : como si sintiesen a una, respirasen a una o se conmoviesen a una. Experiencia indescriptible : la cumbre de un arte. Minutos interminables que ha valido la pena compartir. Porque el agradecimiento es también una virtud que escasea. Y aquella tarde en el teatro lo ha rebosado, para cubrir, abrazar, besar y elevar a Concha Velasco. Todo ha valido la pena, Concha.
agosto 2009
“Chapeau para Concha”.
“¿Por qué no se habla más de lo que deben sacrificarse los actores y las actrices? Son una especie de héroes ignorados. Y los demás, unos ingratos. Menos mal que de vez en cuando se pueden leer artículos como éste”.
"En estas tierras recordamos muchas de sus películas : ella, siempre, dinámica, sonriente y divertida. Un chorro de vida. Nos llena de alegría que se conserve con ganas de trabajar y esa capacidad de galvanizar a los públicos. Muchos años de éxitos, Concha".
“Es justo que se reconozca el esfuerzo y el trabajo de las gentes del espectáculo. Viven para hacer felices a los demás. Qué vocación tan maravillosa”.
"¿Cuándo piensas volver por acá? Te recordamos y te aplaudimos desde la distancia".
"Estoy muy lejos de ti, pero sueño con ser como tú y tener al público en un puño, si lloro, para llorar conmigo, si río, para reir conmigo, si me enfurezco, para enfurecerse conmigo... Para amar a todo el mundo como tú nos amas cuando trabajas en el escenario. ¿Llegaré a conseguirlo, Conchita?
Historial completo de Federico Revilla en su web personal:
www.cultuamericas.org/fr
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