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VERNE PARA CASI TODOS
El centenario del nacimiento de Julio Verne ha sido celebrado en casi todas partes, reconociendo a este autor francés algo
así como "patrimonio literario común". Esto es cierto también para los países de lengua hispana, donde hizo el mismo papel
que doquiera, es decir, el de suscitador de fantasías para varias generaciones en su adolescencia : papel del todo digno de
gratitud, mucho más allá de la literatura, la ciencia, la pedagogía y todas las demás razones respetabilísimas que con más
o menos acierto se invoquen en su favor.
Es notable cómo Verne ha sido asumido como propio "de todos". Entre nosotros, un dato sociológico elocuente es que le
llamemos españolizando su nombre : Julio Verne. Cuando, en puridad, habría que llamarle Jules Verne, como es debido, de
igual modo que nadie dice "Guillermo" Shakespeare, "Francisco" Mauriac ni "Luis" Van Beethoven... En suma, le tratamos como
si fuera uno de los nuestros. Y lo es, efectivamente, por adopción social.
Muchos reparos que aducir
Como no podía ser de otro modo, Julio Verne ha sido cuestionado, sin embargo, en esta nuestra época de revisiones. Por
ejemplo, ha escrito César Aira : “En realidad, nadie dijo que los libros de Julio Verne pretendieran ser novelas. Son más
bien guiones para fantaseos infantiles, fórmulas de ensoñación. Ahí hay una economía que podemos admirar, y nos
preguntamos si no habremos equivocado el camino en algún punto”. (César Aira : “Verne y el lector”. "Babelia - El País”,
19 marzo 2005).
Sea más o menos cierto, lo indiscutible fue el éxito de Verne entre la gente joven a lo largo de varias generaciones - que
no es poco -, resistiendo otras tendencias y otras modas que se vieron obligadas a coexistir con su propio "reinado". La
revista "Jóvenes", muy leída a uno y otro lado del Atlántico, realizó en 1958 un sondeo bajo el título de "¿Cuáles son tus
libros preferidos?". La participación de los lectores – en una época cuando no había tanto hábito en este sentido – fue
numerosa y generalmente entusiástica. El “libro preferido” resultó, con gran diferencia, "Platero y yo", de Juan Ramón
Jiménez. Pero el autor más mencionado fue Julio Verne, que colocó no uno, sino varios títulos, en la lista de las
preferencias. ("Jóvenes", núms. 87 y 93. Barcelona, 1958). Estos datos de hace medio siglo fueron ya entonces
representativos de la opinión vigente en “ambas orillas” : tanto en los diversos países de América como en España.
Didactismo inoportuno
La verdad es que las novelas de Verne – que nosotros sí las convalidamos como tales – adolecen de un didactismo enfadoso.
Los argumentos se entreveran de áridas cuñas de divulgación científica. No importa : los jóvenes lectores se las han
saltado casi siempre, en busca – unas páginas más allá – del hilo argumental, lo que verdaderamente les interesa.
A pesar de esas "clases no deseadas" que se empeñaba en propinar a sus lectores, muchos de sus personajes continúan vivos :
Miguel Strogoff, Phileas Fogg, el Capitán Nemo, Paganel... Se ha observado, con razón, el escaso relieve de sus personajes
femeninos, siempre en segundo plano, muy borrosos o bien permanentemente "dependientes de" la iniciativa del protagonista
masculino. Tal es el caso de la adorable Auda ("La vuelta al mundo en ochenta días"), salvada "in extremis" de la hoguera
funeraria de un rajá, a quien no puede aguardar mejor destino que casarse con Phileas Fogg. Eran otros tiempos y a la
mujer le ha costado innumerables esfuerzos plantarse felizmente en primer plano.
Torrencial y por ello desigual, novelista puro o veteado de enseñante inoportuno, precursor de los nuevos tiempos – como
muchos repiten – o simplemente fabulador atolondrado, sea como fuere, Julio Verne ha conservado la gratitud e incluso la
admiración de muchas figuras prestigiosas. Fernando Savater no le regatea su entusiasmo : "Para frustración de quienes
abominan de los "best sellers" y necesitan saberlos efímeros y literariamente despreciables, Julio Verne vendió más que
nadie en su día, pero sigue lozano y siempre disfrutó del aprecio de admiradores de élite. Tolstoi (que detestaba al
mismísimo Shakespeare) lo leía con fruición, lo mismo que Turgueniev. El ingeniero del canal de Suez, Ferdinand de Lesseps,
no paró hasta conseguir para él la Legión de Honor [...] Y otra de sus lectoras, George Sand, le escribió agradecida tras
devorar 'Viaje al centro de la tierra' y 'De la tierra a la luna' : "Espero que pronto nos conduzca usted a las
profundidades del mar". Para complacer su demanda llegó después 'Veinte mil leguas de viaje submarino'. En nuestros días
ha seguido teniendo lectores envidiables, desde Ray Bradbury hasta el exquisito Julien Gracq..." (Fernando Savater :
"Fantasía Verne". "El País Semanal", núm. 1487. Madrid, 27 marzo 2005).
El cine : prueba resistida
El cine - una piedra de toque para la modernidad - le ha querido mucho : es decir, ha recurrido con insistencia a sus
argumentos. Antes, lo había hecho el teatro (que él mismo había cultivado también personalmente, si bien con éxito menos
que mediocre). Parece chusco, pero una de sus novelas fue convertida en zarzuela : "Los sobrinos del capitán Grant"
(alterando levemente el título de una de sus mejores novelas : “Los hijos del capitán Grant”).
De un modo u otro, sería difícil negar a Julio Verne la condición de abuelo libresco de científicos : cuántos geógrafos,
antropólogos, ingenieros aeronáuticos, químicos, astrofísicos, debieron ventear su futuro destino leyendo sus extrañas
fantasías. Hoy han dejado de serlo : ya no son extrañas, ni son fantasías.
Por eso se han festejado tanto los cien años después de su muerte. Porque han sido llenados con "mucho más" de lo que él
había preinventado.
Para un museo de la librería : sendas ediciones de Julio Verne, cincuenta años atrás. “Miguel Strogoff”, 1935. “La vuelta
al mundo en ochenta días”, 1936. “La esfinge de los hielos”, 1953.
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