Tranquilo : no hay prisa. El mundo se
acostumbra a caminar a mi paso.
Había subido al vagón con la calma un
poco teatral de quien ha aprendido la técnica de valorarse a sí mismo
especialmente en los menores gestos. Atención innecesaria, pues careció de
espectadores. Pudo elegir el asiento de ventanilla que prefirió. Contaba que le
dejasen solo : le enojaba la locuacidad de ciertos viajeros deseosos de contar
intimidades al desconocido de al lado. Esperaba que le dejasen en paz.
Revisó con la mano, un poco
automáticamente, el estado de su corbata, pulcramente anudada, en juego con el
pañuelo que asomaba por el bolsillo pectoral de su chaqueta, así como el efecto
de los gemelos de oro, visibles en la medida justa que sobresalían los puños de
la camisa. Todo en orden. Le habían imbuído también la certeza de que el
aspecto exterior “vende”. El debía vender. El vendía.
Sonaron las señales, se produjo el
levísimo tirón inicial y el tren se puso en marcha, muy suavemente, con la
pulcritud discreta de la tecnología más avanzada. El abrió su carpeta de piel –
¡nueva! – y se dispuso a estudiar algunos documentos, demasiado farragosos,
para los que no había encontrado tiempo durante las últimas jornadas. Le
quedaban varias horas por delante, el peligro del tedio, y aprovechaba ambos
factores para dejarse atrapar, acorralado por ellos, en la obligación de
despachar precisamente aquellos asuntos, tan rebeldes en cualquier otra
ocasión.
-¿Le importa…?
Era una voz femenina bastante jovial.
Negó con la cabeza, cortés pero distraídamene, aunque no evitó dirigirle una
mirada : la mirada de quien no se desprende de ciertas pretensiones de
ligoncillo. La mujer, previa su aquiescencia, se había acomodado enfrente, en
la butaca de pasillo : joven, nada fea, pero tampoco espectacular. Tenía los
pómulos redondeados, una leve sonrisa maliciosa, ojos vivarachos y pelo corto,
castaño, que se le escapaba de una gran boina verde, ladeada. Ningún
maquillaje. La falda, bastante corta, permitía admirar unas piernas bien
proporcionadas. Jersey apretado, pechitos firmes, como medios limones. Todo apaciblemente
grato. Bien.
Comprendió que no lograría enfrascarse
en su trabajo. Pocos minutos después, sincero consigo mismo, cerró su carpeta y
la dejó a un lado.
Entabló conversación. Como era uno de
esos tipos, tan corrientes, para quienes el ingenio es un lujo que sólo
emplean, como ciertas lociones caras, cuando se trata de deslumbrar a una
mujer, intentó hacerse el ocurrente, pero lo hizo del modo más trivial y más
soso : exactamente lo mismo que cualquier otro de su pelaje a quien hubiese
tocado la suerte de una chica agradable en el asiento de enfrente.
Ella le toleraba, respondiéndole con
frases cortas, sin interés, lo justo para no parecer desatenta.
-Me llamo Alina – le dijo después de
un rato de diálogo entrecortado – . Pero no tiene usted que esforzarse para
enrollarse conmigo. No me va. No soy de las que viajan en tren para eso,
¿comprende? Yo viajo por otras razones.
-Perdone. No me interprete mal. Yo no
he creído…
-Sí, hombre – y le sonrió amistosamente, como si quisiera suavizar
así el “corte” anterior –, usted pensaba en el típico ligue de viaje. No me
molesto por eso. Pero mejor las cosas claras, ¿no le parece?
-Sí, sí, por supuesto. Están muy
claras.
-Así me gusta. Y ahora, ya, sin que
nada de otra clase nos estorbe, dígame, ¿es usted un hombre de negocios, por lo
que veo?
Habiendo invertido la situación con
este garbo, le colocó en la necesidad de explicarle quién era, a qué se
dedicaba, por qué emprendía aquel viaje precisamente en aquel ferrocarril…
Apenas necesitó hacerle preguntas : él lo fue soltando todo, casi como si no se
diera cuenta. Un poco de autocrítica sobre la marcha le hubiera advertido que
se ponía pesadísimo, que sus asuntos eran un coñazo para cualquiera ajeno a
aquel mundo de sus negocios, que la reserva es una cualidad imprescindible para
el ejecutivo… La tenue sonrisa, la silenciosa escucha que ella le deparaba, sin
dar muestras de fatiga, le mantenían en un estado de semievasión. Nunca se
había sentido tan a gusto : un tantico fuera de todo, pero sosegado y casi
feliz.
Comieron. Alina muy frugalmente. El,
con buen apetito, aunque sin saborear los manjares (no lo había hecho nunca).
Quiso invitarla a una copa, pero rehusó.
-Creo… que se lo he contado todo
– exclamó al fin, entre orgulloso y
aliviado.
-Me ha contado todo lo de fuera. Lo
demás he tenido que adivinarlo yo.
-¿Lo demás? ¿Qué es lo demás?
Alina rio francamente.
-Lo importante : ¡lo de dentro!
-Ah, lo de dentro… – repitió él, sin
comprender.
Alina no hizo nada para ayudarle.
-Pero, ¿por qué dices que es
importante? – pasaba a tutearla de pronto – ¿No es importante todo lo que te
acabo de contar?
-No.
-Esas empresas… ¡Manejamos cientos de
millones!
Pero ella había dejado de escucharle.
El convoy, que iba entrando en agujas, perdía velocidad por momentos y Alina,
en pie, como una niña excitada, parecía sólo pendiente del exterior, buscando a
alguien con la mirada, ávidamente. Cuando el tren se detuvo acudió a la puerta
más próxima, pulsó el botón para abrirla y sacó todo su cuerpo hacia el andén,
agitando los brazos y llamando a alguien a voces. Parecía cambiada : una
locuela comenzando sus vacaciones.
-¡Vaya! – gruñó para su capote él,
malhumorado – Hay otro…
Naturalmente que pudiera haber otro.
Si fueran medianamente autocríticos, muchos ligones comprenderían la evidencia
de que no están solos en el mundo ficticio de sus supuestos éxitos. Que, por
definición, deben tener competidores. Y que cualquiera de éstos puede ganarles
cualquier partida. Pero, no : ni suelen ser autocríticos ni admiten, siquiera
como hipótesis, que otro ligón les haya de hacer sombra. Incluso que hay
hombres, no ligones, que les llevan esa enorme ventaja.
Un chiquillo de unos doce o trece
años, cubierto de postales y chucherías, corrió por el andén hasta llegar donde
ella le llamaba.
-¡Virginia! – exclamó, también
radiante – ¡Cuánto tiempo sin verte!
-Porque la semana pasada dormías,
grandísimo perezoso. Yo no te fallé. Pero tú, sí.
-Estaría cansado, Virginia. Ya sabes
que ando por aquí desde las seis de la mañana. Cuando llega la hora de la
siesta… pues, a veces…
-¡Te duermes!
-Eso.
-Y dejas de ganar entonces un dinero
que hace falta a tus hermanillos. Piensa en ellos cada vez que te entre el
sueño… ¡y resístelo! Calculo que debiste perder, por lo menos, dos trenes.
¡Anda a vender, rápido, que éste sólo para tres minutos! Ya charlaremos otro
día.
-Hasta la próxima, Virginia. No me
dormiré : quiero verte.
-Yo también quiero verte a ti – y le echó varios besos con la mano, mientras
el chico se alejaba.
Le siguió con la vista, como si
quisiera supervisar las ganancias de su mínimo comercio, desentendida – ¿u olvidada? – de su ocasional compañero de viaje.
Sólo cuando hubo arrancado de nuevo el
convoy regresó a arrellanarse en su asiento, entornando los ojos : una manera
de indicarle que en lo sucesivo deseaba silencio.
¡Justo cuando él necesitaba
preguntarle algo! ¿Alina o Virginia? ¿Por qué viajaba tanto, si no era precisamente
una profesional de los encuentros fortuitos? ¿De qué conocía ella a aquel
chaval?
-Billetes, por favor.
-Abre tú mismo mi bolso, Felipe. Ya
sabes.
-No hace falta, Mari Paz. Hay
confianza : tú siempre llevas tu billete… Caballero, por favor.
-Que lo abras, Felipe. Tu deber es
taladrarme el billete. No vayas a sugerirme la tentación de viajar otro día sin
pagar.
-No hay cuidado, Mari Paz : nos
conocemos. ¿Y qué tal? ¿El señor es buena compañía?
-Un importante ejecutivo, ahí donde le
tienes. Normal. Ya sabes que yo sólo te he molestado una vez por culpa de un
pasajero.
-Porque estaba borracho : lo recuerdo.
Hace mucho tiempo de eso.
-Porque la gente es buena. A veces,
algo boba, solamente. Pero eso no hace daño : sólo aburre.
(-¿Será una alusión? – pensó él.
Primer tambaleo de su autoconfianza).
-Que tengas buen viaje, Mari Paz.
-Hasta la próxima, Felipe. Nos
veremos.
¿Alina, Virginia, Mari Paz? Le miraba fijamente, ya con los ojos bien
abiertos. Seguro que aguardaba precisamente aquella pregunta. Cómo se burlaría
de él para sus adentros, si llegaba a formulársela. Porque sería la misma
pregunta de todos : un palo.
Se la tragó.
El convoy mantenía una velocidad regular. De vez en cuando desfilaban ante
su vista airosos campanarios mudéjares. Lomas suaves, ocres, muy escasamente
moteadas de verde.
-¿Dónde estábamos? – preguntó la chica.
Volvía a desear conversación. Pero él vacilaba entre desearla o
evitarla. La joven le iba pareciendo más bonita cuanto más la contemplaba, pero
también más extraña. Un poquillo inquietante. Enigmática : este adjetivo cuadra
a ciertos personajes que en las novelas aparecen en los trenes. Pero él no era
aficionado a las novelerías : antes bien, habituado a lo concreto, lo
mensurable – cuentas claras –, lo efectivo… le desazonaba encontrarse algo que
se resistiese a su modo habitual de abordar la realidad.
Su autoconfianza se tambaleaba más.
Sin embargo, Alina, o como quiera que
se llamase, no era enigmática al modo de ciertas protagonistas de cine :
físicamente parecía la transparencia misma.
-No sé – disimuló – Creo que decíamos algo sobre mi trabajo.
-¡Algo, qué chiste! Si me lo has
contado todo… Mira, si tú quisieras ahora despedirte de tu empresa, yo podría
ocupar tu puesto.
-Exagerada.
-¿No lo habrás sido tú, más bien, al
explicarme ciertos intríngulis?
-En todo caso, habré sido imprudente.
Pero, chica, inspiras confianza. No te creo capaz de ninguna putada para
quitarme el puesto.
-No lo soy. Ni abriré la boca. Aparte
de que algunos de esos sistemas… los tuyos también, ¿eh?, pues… francamente, me
parecen un poco sucios.
-Hay que anticiparse al competidor.
-Aunque sea tu compañero.
-Mi compañero es mi enemigo potencial
: puede subir por encima de mi. Me pisará, si puede.
-Lo dicho : un asco.
-Todo el mundo lo hace.
-Si tú lo dices…
-Y no ocurre nada. No se va a la
cárcel por eso.
-¡La cárcel!… La cárcel está llena de
infelices que por fardar el sábado con una tía se llevaron el automóvil de
otro… En cambio, los mafiosos de postín, los estafadores en gran escala, los
banqueros que han dejado agujeros de miles de millones o los altos responsables
de las redes de narcotráfico residen en mansiones de película. Los grandes
cabritos no van a la cárcel. O si van, por chiripa, salen muy pronto.
-Yo no soy un gran cabrito.
-No. En todo caso, pequeño.
Terremoto en su autoconfianza. ¿Qué le
sucedía? Le desconcertó la frescura con que se lo había soltado. ¡Pero era
cierto! Algunas veces, muy pocas, había llegado a pensar algo remotamente
semejante. Por supuesto, para desecharlo al instante como una estupidez. Sin
embargo, Alina no era una estúpida, todo lo contrario, le parecía cada vez más
una chica sagaz y atinada. A pesar de la andanada, continuaba mirándole con
simpatía, sin perder la sonrisa en sus labios, que – se fijó en aquel
momento – eran carnosos, suavemente
rosados. Apetecibles.
Mal momento para besarlos.
No le había pasado inadvertida la
reacción interior que él experimentaba. Pero ni se disculpó, ni intentó
arreglar lo que, para ella, no era ni mucho menos un desliz, sino una verdad
como la copa de un pino.
-¡Nos detenemos otra vez! – exclamó –
¡Mira qué estación tan chula! Esos rosales… Se nota que hay una mano sensible…
La mujer del jefe se llama Lucía y le gustan mucho las flores. ¡Ah, Lucía,
Lucía!
Repitió la escena anterior : búsqueda ilusionada con la vista, acción de
semiapearse en cuanto pudo abrir las puertas, júbilo, voces, saludos. Mas no
para Lucía.
-¡Tía Mariana! ¡Estoy aquí! ¿Ha regresado ya su nieto de la mili?
Una mujer enlutada, con aire de viejuca – aunque tal vez no hubiese
cumplido aún los sesenta años –, se aproximaba todo lo aprisa que le permitían
sus frágiles piernas.
-Todavía no, Sagrarito. Me ha escrito que le han tenido una semana en el
calabozo. ¿Tú lo entiendes, con lo bueno que es? ¡Ay!, se me hacen tan largos
estos meses…
-Pasarán pronto, tía Mariana, ya lo verá.
-¡Y pensar que él lo quiso! ¡Pero si ahora sólo van los que quieren! Le
pareció que era un porvenir… ya sabes, lo que dicen esos anuncios de la tele.
Mentira pura.
-No iban a ser esos anuncios mejores que los demás, tía Mariana.
-Se enroló. Que si aprender un oficio, que si un sueldo seguro… Pues ya
lo ves. También hay calabozo, para que digan.
-Pues, hale, a tener paciencia. Unas semanitas más, y olvidará todos los
malos ratos. Porque… supongo que no le quedarán ganas de renovar contrato.
-¡Qué va! Bien se ha lucido todo este tiempo… El campo, el tractor :
ahora comprende que eso es lo suyo. Y que aquí no le chista nadie… ¿Y tú,
Sagrarito, qué haces? ¡Tan guapa como siempre!
-Si no soy guapa, tía Mariana…
-Yo te veo así.
-Bueno, si se empeña en mirarme con buenos ojos. Porque sabe que la
quiero.
-Por eso. Así es como se ve de veras.
El toque de marcha, imperioso, inapelable.
-¡Que Dios te bendiga, Sagrarito!
Las puertas se habían cerrado automáticamente, con su perfecto silencio,
pero no impidieron a Sagrarito lanzarle varios besos a la mujeruca a través del
cristal.
-Parece que conozcas a todo el mundo en este trayecto.
-En éste y en todos – respondió ella distraídamente.
-No comprendo.
-Pero, ¿no ves que estoy aquí como en mi casa?
-Claro que lo veo, y es lo que me sorprende. El tren no es una casa,
sino un lugar transitorio para moverse y…
La joven hizo un mohín de fastidio, interrumpiéndole :
-¡Un lugar transitorio! ¿Quieres decirme entonces qué es tu despacho? Un
lugar transitorio también. ¿O crees que vas a continuar en él mucho tiempo?
Claro que no : nada más que lo que tarde en desbancarte el próximo cabrito que
lo sea sólo un poco más que tú. Entonces, a otra empresa, si la encuentras o te
consideran bastante… aquéllo. ¿Y el club? ¿Y el gimnasio? ¡Lugares
transitorios, todos! ¿Y tu casa?
-No me vas a decir que mi casa…
-No es tuya. No la tienes pagada : vas ingresando miles de euros para la
hipoteca. ¿Qué pasará con ella si te quedas sin trabajo? Vale, no nos pongamos
serios : eres un tío que mola y pagarás hasta el último céntimo. Pero, en fin,
tú no debes pasar en tu casa más que ocho o nueve horas tres días a la semana…
¿O sólo dos? Luego, sábado y domingo sales de la ciudad : ¡bien lejos! Los
restantes días laborables viajas, como ahora, casi siempre en tu espléndido
“Jaguar”… Por cierto, ¿por qué lo has dejado esta vez? En fin, ausencia sobre
ausencia. ¿No se le puede llamar a esa casa también un lugar transitorio?
Le había acertado el cálculo con bastante aproximación. Estaba atónito
– ante llanísimas evidencias – y cada
vez más cercano a la zozobra. O a la alarma. ¿Tendría que defenderse?
-Escucha, yo…
-¡Ah, Pepi! – prorrumpió ella, volviéndose de pronto a otra joven que
atravesaba el vagón con un bien concertado contoneo de glúteos – Ya creía que
no hubieras subido donde siempre.
-Pues aquí estoy – respondió la llamada Pepi – Casi tan puntual como tú, Liliana. ¿Alguna novedad? ¿Has visto
algún pájaro de cuenta?
-No me he movido de aquí. Este… – indicó a su interlocutor con cierta
chanza –, éste no te hubiera convenido. Es demasiado garrapo. Además, le
protejo yo. Tengo mis asuntos con él, que no son como los tuyos, claro. No te
lo dejaré, porque serías capaz de hacerle olvidar sus compromisos de ejecutivo
con una simple pasada de teta. No, no : la empresa, por encima de todo. El se
debe a su empresa. ¡Anda, y busca por tu cuenta!
-Como cada día – suspiró Pepi
– ¿Recuerdas aquel barrigón del martes?
¡Uf!, lo que tiene una que aguantar…
-Habrías de dejar ésto. Vales para algo mejor.
-Eso también lo dicen ellos. ¡Puáh!, pero siguen queriendo lo mismo. Los
muy guarros.
-No les hagas caso a ellos. Házmelo a mi.
-Ojalá. A veces pienso que no sé hacer otra cosa.
-Te equivocas. Piensa en ti.
-Lo haré, monada.
-Cuídate, Pepi.
Se alejó Pepi, bastante convencida de no tardar mucho en encontrar la
compañía que necesitaba : “ella sí” que
se dedicaba a viajantes aburridos y adinerados. Pero, ¿Alina-Virginia-Mari
Paz-Sagrarito-Liliana?
-Vamos a ver, vamos a ver… Yo no entiendo nada.
-Pero, ¿qué debes entender? Es tan sencillo… ¿No me ves? ¡Vivo, respiro,
hablo con la gente, quiero a la gente! Y la gente me quiere a mi… por lo menos,
alguna gente. ¿Te parece complicado eso?
-No, pero…
-Pues esa es la verdad, mi única verdad. No hay más.
Volvió a dirigirle una mirada entre divertida, escrutadora y afectuosa.
-Sí, ya sé, la mayoría pensáis de otro modo. Suponéis estar aposentados, sólidos, seguros… ¡Por favor, seguros, hoy! – lanzó una carcajada casi lastimera – Puro
engaño : el vuestro, no el mío. Estabilidad, porvenir, empresa, cuenta
corriente, fondos de inversión, ascenso, incentivos. ¡Qué ingenuos sois, qué
niños! Todo pasa. Como aquella alquería, mira. ¡Tras, desapareció!
Un silencio. No le quedaba ya ni un repliegue donde buscar lo que había
sido su autoconfianza. Pero se resistía a darle la razón, ninguna razón, a
aquella chica desconocida, Alina, Maribel o Eufrosina, ¡al diablo con todos sus
nombres!
-Déjate de monsergas. Tú no puedes saber nada. Eres muy joven, una chica
que no conoce el mundo empresarial… eso sí, más bonita que otras, pero, pero…
Quiero decir que cuando a mi me da la gana de poner cara de póker…
Nuevo trallazo, cuando menos lo esperaba :
-Te sale toda tu tristeza fuera.
-¿Qué?
-Que eres un hombre triste. Muy
solo y muy triste. Triunfas en tu trabajo, ¡por ahora!, y te agarras a eso.
Pero sabes, claro que lo sabes (y es cierto, mejor que yo), que cuando hayas
rendido el máximo, cuando ya no puedas vender ese diez, quince o veinte por
ciento “más” que por ahora vas escalando, es decir cuando te hayan exprimido
del todo, como una naranja, te despedirán sin remilgos. ¡La naranja seca se
tira! Naturalmente, tú serás una piel de naranja reseca que no sirve para nada.
Es la ley de la empresa y por eso obtiene dividendos : porque destroza
naranjas, digo hombres. Mientras tanto, tienes dinero : ¡compras muchas cosas!
También mujeres. Mejor dicho, a éstas las alquilas. Es igual, tienes bastante.
Tampoco las alquilas a ellas, claro que no, sino sólo sus órganos sexuales y
quizá, de propina, algunas frases agradables que repiten como loritos. Todo muy
en la superficie, para ir tirando : venga, a otra cosa, a otra venta, a otro
club, a otra vagina. Te falta tiempo para echar nada de menos. ¡Claro!, también
te falta para reflexionar. Por eso te cuesta tanto descubrir que, en el fondo,
no eres ni un gran ejecutivo, ni un ligón infalible, ni un triunfador, sino
solamente un pobre chico, que te sientes triste y que necesitas muchas cosas
que no sabes lo que son pero que no se compran con dinero.
-Esas cosas… – musitó él tras una larga pausa. Era casi una pregunta y
poco menos que un ruego.
-Las tienes que descubrir tú solo. Forman parte de ti mismo, puesto que
son tu propio vacío. Asómate y búscalas : valen la pena.
Se acurrucó, hecha un ovillo, con cierta espontánea coquetería.
-¡Ah, qué sueño! – suspiró – He
hablado demasiado. Perdona, y felices sueños.
No admitía réplica. Además, se durmió inmediatamente, la muy sádica.
Oscureció mientras él la contemplaba en medio de su tormenta íntima.
Alina Etcétera Etcétera respiraba acompasada y plácidamente, inflando los
morritos, en efecto como si yaciera en la más acogedora intimidad de su propia
alcoba. Estaba deliciosa. Una oleada de ternura le subió por el pecho hasta
espumearle, como cava, en la garganta : inesperada euforia en un trance de
hundimiento total. Sintió deseos de besarla, pero se contuvo, sin acertar a
discernir si hacerlo hubiera sido una animalada o una bendición. Intentó en
vano ordenar su mente : no estaba organizada para aquella clase de
cavilaciones. Le zumbaba. Finalmente, él también se durmió, pero con una paz
que había distado mucho de presagiar y
que no había experimentado nunca antes.
Cuando despertó estaba solo. No muy lejos, Felipe, el revisor, cambiada
impresiones con un compañero.
-¿Ha visto usted a la señorita?
-¿Mari Paz? Se apeó en la estación anterior. Me encargó decirle que se
despedía de usted con un beso.
Un silencio absoluto. El sol doraba tímidamente unas paredes deslucidas.
Vaciló, sólo durante unos segundos, antes de abandonar aquel vagón – aquel
microcosmos –, como si dejase en él para siempre algo muy suyo : ¿acaso no se
dejaba a sí mismo?
Todo se había desmoronado. Sin
embargo, le aguardaban en aquella ciudad muchos pedidos, contactos importantes,
acaso perspectivas de futuro… ¡Bah!
Se sintió descolocado, inerte,
flotante. Se sintió nadie.
Qué desagradable.
Pero sólo siendo nadie podía
encontrarse otro.
Pero qué felicidad.
En cabecera :
“Germinaba”, pintura del propio autor.