
EL HOMBRE DEL PIE CHIQUITITO
-¡Pero si no me importa nada…! – repetía ella, con acento tan persuasivo como mimoso.
-A mi sí que importa – era la respuesta que invariablemente recibía, hosco su compañero, casi a punto de enfadarse con ella.
La chica se acuclilló, dispuesta a examinarle desde el suelo. La melenita la caía sobre la frente, porque en aquel momento no prestaba atención a otra cosa que no fuera su empeño de comprobación. Terco, inabordable, él recogía los pies bajo la silla.
-Pero calzas un 39… O quizá un 40, ¿no? Es del todo normal.
-No. Me vienen grandes. Lo que pasa es que uso unas plantillas que…
-¡Menuda tontería! ¿Para qué quieres disimular?
-Tú, en cambio, quieres saber demasiadas cosas. Déjame – y añadió en tono reivindicativo : – Todo eso pertenece a mi privacidad.
Ella no tuvo más remedio que ponerse en pie de nuevo para mirarle fijamente a la cara. Le gustaba : era un chico de mediana estatura, bien conformado, los rasgos del rostro muy viriles, quizá un poco angulosos ; cabello largo, cuidadamente descuidado ; una breve barba, no demasiado espesa. También le agradaba su voz, más bien ronca. Y su sonrisa – aunque sonreía poco –, ancha y confiada, invitante.
-Seamos claros, Alberto : lo principal es que los pies no pintan nada en el asunto del sexo.
-Te equivocas : también tienen su papel.
Francina tuvo que reconocer para su capote que era cierto : no es un papel predominante, sino prescindible, pero también los pies tienen algo que aportar a esa rica sinfonía que puede ser un encuentro sexual bien orquestado por una pareja amante y experimentada. Incluso hay “especialistas”, que otros pueden considerar obsesos y los más refinados llaman “fetichistas” : pues, sí, señor, fetichistas de los pies, ella no sabía que la denominación precisa es “podólatras”, cosa que importaba bien poco, puesto que Alberto parecía ser todo lo contrario… Condescendió :
-Vale, te doy la razón. Pero, ¡bueno!, te he dicho que no me importa. Nos olvidaremos de ellos. Como si no existieran. Queda todo lo demás. Asunto arreglado. ¿Estamos de acuerdo?
Alberto se sentía acorralado y casi perdido. Cuando una chica se empeña en algo, es muy difícil disuadirla. Pero si ese algo es, precisamente, un ligue la dificultad se hace insalvable : conseguirá el ligue, no hay vuelta de hoja. Unos pies más o menos, sean pequeños o grandes, no bastan para enfriar los entusiasmos unitivos de una mujer ardiente.
Francina se había propuesto acostarse con él y no renunciaría por nada del mundo. Lástima, lástima, lástima, porque Francina era una chica estupenda, por quien cualquiera de sus amigos hubiera hecho lo que le pidiera : alta, bien puesta de pechitos, aunque quizá un poco excesivos, ligeramente ancha de caderas, piernas perfectas y muslos suficientes ; su rostro, probablemente no perfecto por culpa de unas mejillas gordezuelas, estaba dominado por unos labios inconfundiblemente sensuales, entreabiertos por lo general como en una espera ininterrumpida o un anticipo del inmediato morreo.
¿De modo que sus amigos no hubieran desperdiciado la ocasión? Por supuesto, ni él tampoco, si no fuera por su maldito problema. Lástima, lástima, lástima, y mil veces lástima. Cochino sino el suyo, que había de estropearle la mejor ocasión que hubiera soñado nunca.
Pero no y no.
Y así fue como Alberto dejó plantada a la dulce, cariñosa, apetitosa y calentísima Francina, que probablemente tardaría muy poco en consolarse con Andrés, con Benito, con Juan Luis… o con quien le diese la coñal gana, pensando que él era… bueno, algo mucho peor de lo que era ciertamente. Porque la pura verdad es que no era más que un pobre chico, un infeliz, un rajao, frustrado por su problema.
Y había llegado a verbalizarlo, pero ella no le hizo maldito el caso.
-Me da mucha vergüenza hacerlo : tengo los pies pequeñitos.
¿Cosa de risa? Sí, sí, ríete lo que quieras, Francina. También se hubo reído de mi Belinda… y María del Tura… y Angélica… que me erotizaban mucho menos que tú, y a quienes no les dije “mi” verdad, mientras que a ti te la he dicho con todas sus letras. Ellas la sospecharon : ¡si se me lee en los ojos! Y se rieron. Porque es una de esas desgracias dobles : las desgracias que, en vez de inspirar compasión, como corresponde a una desgracia corriente, ¡todo lo contrario!, dan risa…
Fueron crueles. Todas las mujeres lo son. Hay que ser muy perversa para reirse de un pie chiquitito, aunque sólo sea supuestamente chiquitito, porque él jamás lo dejaría ver a nadie, ni loco. Pero ellas se rieron y Alberto aceptaba que aquel debía ser su sino, excepto que lograse algún extraño milagro para aumentar el tamaño de su pie irrisorio. Francina, no : eso es lo cierto. Francina no se había reído : antes bien, se había mantenido dispuesta a holgar con él sin dar importancia al asuntillo. Fue el propio Alberto quien se negó : absolutamente seguro de que la risa llegaría luego, precisamente en el peor momento, cuando más en serio les gusta a los hombres ser tomados.
(Imbécil : como si esa fuera una cosa seria y como si no estuviéramos todos bastante ridículos, igualmente ridículos, monótonamente ridículos pues iguales en la monótona fisiología de ataque).
La mayor concesión de Francina :
-Pues, vaya, si tanto te agarras a eso, ¿por qué no follas con los zapatos puestos? Yo lo comprendería. Además, cuando empieza la función no suelo estar pendiente de cosillas como esa.
¡Lo que le faltaba! Para que luego lo fuese contando por ahí, como el mejor de los chistes vividos : echar un polvo con un tío calzado…
El colmo del ridículo.
-Que no, Francina. Que no.
Imbécil, cobarde, acomplejao… ¿Y ahora qué? La aburrida paja de consolación, ¿no?
Esta es la triste historia del hombre del pie chiquitito. Si hay alguien tan perverso que contenga su risa ante la desgracia ajena, simplemente en espera de reirse con más ganas todavía cuando finalice, adelante, pase usted, siga, siga, que esto no ha hecho más que comenzar.
Por supuesto que Francina tardó muy poquito en consolarse de aquellas extrañas calabazas y pasó su buen rato con otro, sin recordar para nada el asunto del pie chiquitito ni del púdico calzado que supuestamente se empleaba para disimularlo. También olvidó al resto de Alberto. Uno más, Alberto, aunque tipo tan raro.
En cuanto a éste, continuó sobrellevando su desgracia con variable resignación. Salía mucho en grupo, pero cuando alguien proponía ir a la playa siempre tenía a punto un pretexto para separarse. Que si le molestaba el sol, que si el médico le había desaconsejado los baños de mar, que si había oído algo sobre una plaga de medusas… Todo menos arriesgar la exhibición bochornosa de su condenado pie chiquitito.
Un amigo – porque también existen buenos amigos – le arrastró a la consulta de un psiquiatra. No podía consentir que una vida, nada menos que una vida joven, tan prometedora, embarrancase estúpidamente por razón de un detalle tan minúsculo. Eso mismo : tan chiquitito también.
-¿Se siente usted angustiado?
-Generalmente, no. Es sólo cuando… cuando presiento un peligro de… de que se descubra mi pie chiquitito.
-Dice usted peligro. ¿Cómo percibe ese peligro?
-Que no pueda evitar la vergüenza.
-¿Le parece vergonzoso ser así?
-Horrible.
-¿Odia usted esa parte de su cuerpo?
-Con todas mis fuerzas.
-¿Sería capaz de algo grave, por ejemplo, amputarse?
-Lo he pensado muchas veces.
-¿Y qué haría usted con un pie, o ambos, amputados?
-No podría seguir viviendo.
-¿Se da cuenta de que sería, pues, un suicidio? ¿Podemos decir entonces que experimenta usted impulsos suicidas?
-Creo que sí.
-¿Mejor muerto que con su pie chiquitito?
-No me cabe duda : ¡mejor!
Hubo una larga pausa. Aunque aquellas palabras habían sido tremendas, ni uno ni otro parecían impresionados por ellas : el uno, porque en la práctica de su especialidad eran demasiado frecuentes ; el otro, porque simplemente verbalizaba lo que sentía dentro.
-Es una fobia – diagnosticó el psiquiatra, después de haber reflexionado durante escasos minutos.
Alberto comenzaba a respirar : por lo menos, se hallaba con alguien que no lo echase a broma.
-Una fobia atípica – continuaba el psiquiatra – No existe apenas literatura sobre ella : quiero decir que no ha sido ha sido apenas estudiada. No se conocen casos suficientes.
-¿Y eso es malo?
-Ni bueno ni malo : indiferente. Nos obligará a proceder un poco a tientas, a falta de experiencias anteriores que nos orienten. Eso es todo. Más trabajo para mi. Habré de comenzar estableciendo una nomenclatura. Será cuestión de fijar un término capaz de designar esta sintomatología : por ejemplo, “podofobia”… Bien, quizá algún día existan cátedras de podofobia y a mi me cumpla el honor de haber sido el iniciador de esta especialidad. No se preocupe, porque a usted no le afecta en lo más mínimo.
-¿De modo que yo soy un…? – aventuró con timidez.
-Si se confirmase mi primera impresión, un “podófobo”. Pero no ponga esa cara, que no hay para tanto.
-Es que suena muy mal.
-Lo peor no es como suene, sino las consecuencias que tenga.
-¿Cuáles? – le apuró Alberto, angustiado.
-Calma. Si procedemos debidamente, quizá ninguna.
El psiquiatra garabateó varias recetas : tranquilizantes, por supuesto.
-¿Y su vida sexual? – preguntó a continuación glacialmente.
-Bajo cero.
-¿Desearía normalizarla?
-No puedo. Mi problema me lo impide.
-No se lo vamos a permitir – y escribió una nueva receta – Verá usted cómo después de una práctica normal de ese higiénico ejercicio, su odio comenzará a reducirse.
-Estoy seguro de que se equivoca.
-Lo veremos.
Tras
lo cual el psiquiatra se puso en pie, dando la visita por finalizada. Quizá a
alquien le extrañe que no hubiera comenzado por lo más obvio, es decir, por un
reconocimiento de los pies de su paciente. Pero quien tal opinare sería sin
duda un tipo vulgar, un inculto simplista, ignorante de los amplísimos meandros
de la ciencia médica, que exigen una rigurosa especialización. ¿De cuándo acá
un psiquiatra tiene que ocuparse de los pies? Estaría bueno que nuestros
sacrificados médicos, que apenas alcanzan – con gran sacrificio por su parte –
a estar al corriente de la caudalosa literatura científica que cada día les
abruma con las nuevas investigaciones en su propia especialidad (toneladas de
papel impreso), tuviesen que realizar incursiones, ¡además!, en las
especialidades ajenas. Si le hubiesen preocupado los pies de aquel paciente, en
cuanto exteriores a los síntomas de su propia mente, el psiquiatra le hubiera
derivado al colega capacitado para dictaminar acerca de la normalidad de los
mismos. Pero ésta no afectaba a su trabajo : cual fuere su medida real, es
decir, chiquititos o no, el hecho determinante para él consistía en que eran vivenciados como chiquititos y así
operaban negativamente sobre el equilibrio psíquico de su cliente.
Alberto salió de aquella consulta medianamente convencido. Por si acaso, hizo propósito de emplear a fondo los fármacos afrodisíacos. Y lo cumplió seguidamente : ingirió una dosis triple de la prescrita y decidió pasar aquella noche con cierta eficiente profesional que hacía las delicias de Don Alipio, un cachazudo cincuentón que parecía de vuelta ya de muchas cosas.
“Pitulina” era alta, sólida, tetona y sonriente. Su perfume le pareció insoportable, pero eso se resuelve con un buen baño.
-Juntos, ¿verdad? – bromeó “Pitulina” comenzando a desvestirse lo poquísimo que podía desvestir.
¿Quitarse él los zapatos? Quiá, tía, estás muy equivocada. Los afrodisíacos no sirven para resolver eso.
-Ya te entiendo. A ti te gusta que te desnuden. Como quieras : también forma parte de mi trabajo.
-Pues, no : no me gusta.
“Pitulina” se acarició con sofisticada coquetería la mata pubiana, sentada sobre el borde de la bañera, y luego abrió sus muslos para mostrarle lo que blandamente abrigaban. Comenzaba su numerito.
-¿No serás de esos que lo hacen vestidos? Por mi, como quieras, tú mandas. Pero no sabes lo que te pierdes. Me parece que eres un poco inexperto. ¿No te ofendes, verdad que no? Deja que “Pitulina” te enseñe un poquito, corazón. Si me haces caso, verás lo que es bueno.
Alberto no vio lo que es bueno, ni tampoco lo que es malo, ni siquiera lo que es mediano, porque le acometió el horror de siempe : la inminencia de la revelación, tan temida. Se conformó con propinar a la chica unos cuantos pellizcos, adentrar en ella algo que está destinado a señalar, más que a fecundar, y por último pagarle lo convenido, único modo de conseguir que se largase de una vez sin abrumarle con proposiciones de nuevas variantes, puesto que todas ellas incluían lo que él necesitaba evitar.
Quedaba como siempre, aunque un poquito aligerada la cartera.
Lo que no continuó como siempre fueron las visitas al psiquiatra, que tanteaba nuevas terapias disimulando con su seguridad aparente la desorientación que, sin embargo, le dominaba.
-¿No piensa demasiado en sus pies?
-Pues no. Prefiero no pensar nunca.
-Hay personas para quienes son algo muy valioso.
-Claro, los futbolistas. Se ganan la vida con ellos.
-¿Son grandes o pequeños los pies de los futbolistas?
-No lo sé. Pero no creo que importe demasiado. Lo que importa es que sean hábiles y que peguen fuerte al balón.
-¡Exacto! El tamaño no importa. ¿Recuerda el nombre de algún futbolista histórico?
-Pelé.
-Bien : fue un gran futbolista. ¿Más?
-Van Basten.
-Siga, siga : todos los que recuerde.
-Zarra.
-…
-Di Stéfano.
-…
-Kubala.
-…
-Gento.
-…
-Romario.
-…
-Ramallets.
-…
-Zidane.
-…
-Iribar.
-…
-Ronaldo.
No pretendía el psiquiatra prepararle para ganar ninguno de los socorridos concursos de aciertos, sino inducirle a asociar la noción de pie-pies con recuerdos de éxito y fortuna : es decir, con motivaciones positivas. El paciente marchaba bien : conocía docenas de nombres de futbolistas actuales y pasados. Hubiera obtenido premio en cualquiera de aquellos concursos, pero allí se trataba de inducirle a sobreponer una respuesta estimulante a los eventuales daños que – según su hipótesis – debieran haberle condicionado para su podofobia.
En suma, intentaba permutar la podofobia con una inicial podofilia.
Lamentablemente, aquel especialista ignoraba que Francina se hubiera prestado muy gustosa a iniciar a su paciente en las delicias sexuales podofílicas. Pero un psiquiatra no tiene obligación de ser adivino y tras el fracaso con la profesional – que le había relatado sinceramente – había considerado preferible abstenerse, por el momento, de recursos eróticos.
Alberto le tomó el gusto a aquel juego memorístico : coleccionó nombres como antaño había coleccionado cromos de futbolistas.
-¡Ya tengo cuarenta y ocho!
Y proseguía su acopio, donde quiera que se encontrase : en la oficina, en la calle, en el restaurante, incluso en el cine, desenteniéndose de la película :
-Cruyff… Maradona… Eusebio… Hugo Sánchez… Zoff… Basora… ¡no, éste ya lo tenía!... Hierro… Tsartas… Stoikhov…
El dato de su particular tanteo era lo primero que espetaba a su psiquiatra al comienzo de cada sesión :
-He llegado a noventa y dos.
O bien :
-Estoy en ciento catorce.
-Pues continúe usted, continúe : va bien.
Que fuera bien era menos seguro, pero un paciente psiquiátrico debe reforzar su confianza, con motivo o sin él. Imposible determinar si aquella balumba de nombres cumplía su función – supuesta – de inundar la mente de Alberto con “estímulos positivos” acerca de sus propios pies.
Trabajo lento e ingrato : no se progresaba. El psiquiatra afinaba su hipótesis : un eufemismo para reconocer que se desplazaba prudentemente hacia una hipótesis nueva. ¿Acaso no estaría tratando a un fetichista inconfesado? Alguna experiencia podolátrica le hubiera herido profundamente, obligándole a replegarse desde su fetichismo inicial hasta la más radical represión, no ya de dicho fetichismo, sino del propio objeto de éste : rechazo, por tanto, de sus pies, devoradora vergüenza de sus pies.
Pero un fetichismo tan drásticamente reprimido podía ser causa de múltiples síntomas.
Por desgracia, los tenía a la vista : su paciente enflaquecía rápidamente ; unas profundas ojeras acentuaban los rasgos de su rostro ; no menos se lo envejecían una cerúlea palidez y algunas leves arrugas que se le insinuaban en torno a la boca (aparentaba diez años más) ; de vez en cuando le fallaba la voz y finalmente comenzaron a temblarle las manos.
Era la imagen misma de la inseguridad.
-Tome usted estos otros comprimidos : son el último hallazgo de la ciencia.
-¿En lugar de los que tomo ahora?
-No : combinados con ellos. Se potencian mutuamente.
-Doctor, son ya siete a lo largo del día, más otros dos antes de acostarme.
-Lo sé, lo sé. Debemos extremar la eficacia.
-Pues yo no mejoro.
-Tenga paciencia. Mejorará usted. Se lo garantizo.
-Además, ¡son carísimos!
El psiquiatra esbozó una sonrisa tenue que valía por un encogimiento de hombros.
-Más todavía valen su salud y su bienestar – sentenció.
Indiscutible.
Pero aunque nadie pudiese rebatir aquella “fuga hacia la perogrullada”, tampoco nadie dejaba de advertir los estragos en el aspecto y el comportamiento de Alberto. Podía dudarse si los causaba la persistencia de su fobia o bien la indigesta y arriesgadísima farmacopea con que el especialista se empecinó en atiborrarle durante varios meses. El joven era una ruina. Cada vez más, se encerraba en sí mismo, ya no sólo con el pretexto de su pie chiquitito, sino con todo un repertorio de coartadas concomitantes que ni él mismo tomaba en serio. Pero que le servían. Sentía miedo : un miedo extendido a todo y a todos, como si desde aquel mísero pie pequeñito hubiese ascendido una especie de marea de inhibiciones, llenándole por completo, de abajo arriba. Todo él era pura defensiva, puro susto, pura angustia.
-Da pena.
-¿Seguro que ese especialista le ha acertado?
-Yo sé lo que Alberto necesita : una tía.
-Tú lo arreglas todo con eso.
-Suerte que tiene uno. Es así. Una tía buena no falla.
Habría que aguardar los hechos para comprobarlo.
Cuando llegó la hora de hacerlo fue nuevamente por obra de Francina, la tenaz y convincente Francina, la amiga a prueba de desdenes. Francina, no precisamente enamorada, pero sí “encaprichada” y quién sabe si, encima, un tantico intrigada por lo que hubiera considerado un pequeño misterio.
El caso es que Francina preparó a Alberto una encerrona en toda regla. Organizó una fiesta en su casa para unos pocos amigos : Lisa, Vanesa, Puri, Esteban, Juan Luis y Pablo. Todos, amigos de plena confianza. Algunos canapés a modo de pretexto, pero cava en abundancia – “Es preciso ponerle alegrillo” –, música marchosa al comienzo, que fue poco a poco derivando en música sensual. Era el momento convenido, Lisa y Juan Luis se despidieron. Poco después, lo hicieron los demás… Alberto seguía los compases del tocadiscos con lánguidos movimientos de sus brazos, acaso semiadormilado.
“Al fin solos”.
Francina se recostó a su lado :
-Ahora sí que no te me escapas – susurró, mientras le desabrochaba la camisa.
-Pero si yo no quiero escapar… – respondió él, plácidamente “más allá” de todas las fobias habidas y por haber.
Lo que siguió fue vulgar y dulce, previsible y excitante, archisabido y archinuevo. Qué lástima, tan sólo, que Alberto no poseyese la debida lucidez para apreciar el espléndido aspecto de Francina desnuda.
Ella había prorrumpido en alegres carcajadas tan pronto como ambos estuvieron a punto.
-¡De modo que era eso! – exclamaba jubilosa.
Alberto no pudo seguirle la broma, ni percibir su gracia, pero el instinto no estaba tan adormilado como su mente y a efectos prácticos no se precisaba más.
Tras el ardor, el reposo. Serenidad y apacible gozo. Una sensación tibia de acomodo y paz.
Francina musitaba :
-¿Y por qué le habías cambiado el nombre, mi amor?
-No te vayas, no te vayas – gruñó él, ciñendo su cintura.
-¡Pie chiquitito! Pero, ¿te lo creíste alguna vez? Tampoco tenías un problema psiquiátrico, mi cielo. El tuyo era un problema sólo semántico. Eso…no es el pie. Tiene otro nombre.
En
cabecera : “Los resíduos”, pintura del propio autor.