
No
fue un enamoramiento. Nada de eso. Fue algo raro, aunque arrasador
; mejor dicho, suave, sutilmente arrasador. Contradictorio y paradójico.
Ella era grandona, sólida, plena, aunque libre de aquella aburrida gravidez de
las esculturas de Fernando Botero. Algo aleteaba, como si se dispusiera a salir
volando, escapándose de sus carnes prietas. La mirada era un poco ingenua, a
punto para maravillarse ante cualquier cosa. Sonreía con facilidad, aunque al
parecer no encontrase motivos para ello. Vestía con desaliño y llevaba el pelo
muy corto.
Cruzaron
sus miradas. El tampoco era nada excepcional : mediano
en estatura, aunque a su lado parecía esmirriado, hombros en punta y una
insinuación de calvicie sobre su cráneo amelonado, rostro aniñado con ojos
miopes y ciertos movimientos torpes propios de un despistado. Cierto aire de
familia con Woody Allen.
No era un ligón. Tampoco ella se ilusionaba demasiado por albergar a nadie entre sus pletóricos muslos.
Sin
embargo – “...nadie sabe cómo ha sido”
– brotó la conversación.
-Tenían
que abrir la taquilla a las diez. Lo dice el anuncio.
-Pues
son las diez y cuarto, y nada.
-¿Nada?
Llevamos aquí desde antes que salga el sol.
-Es
cierto. Aburridos, pero pacientes. Hasta ahora no se nos ha ocurrido charlar.
-Yo
soy de pocas palabras.
-Se
nota.
-Lo
mismo que se te nota a ti.
Algo
es algo : charlaron, bastante entrecortadamente al
comienzo. Nimiedades, tonterías : eso que siempre se
dice para callar lo que siempre se calla.
-¿Qué
haces?
Un
modo de evitar ir al fondo : ¿qué piensas? (si piensas
algo), ¿quién eres? (si acaso, ciertamente, eres algo más que un grumo en la
masa).
-Trabajo
en una empresa de electrodomésticos. Poca cosa : un
contrato de tres meses, ya sabes.
-Yo
soy encuestadora telefónica. Trabajo porque no me ven, está claro. Cara a cara,
nadie contestaría cuando yo llamase.
¡Tan
vulgar!
Pero
hay que ver cuánto alivio produce la vulgaridad compartida. Cuando, por
desgracia para ella, la vulgaridad tropieza con lo singular o lo chocante,
aunque sea divertido, algo se encabrita, unas fuerzas defensivas se alzan con
todas sus armas para proteger su comodísima calma chicha. Cesa el tranquilo
diálogo para dejar paso a una especie de forcejeo contra la amenaza de una
pronta intromisión.
Ninguno
pretendía entrometerse en los asuntos del otro, ni hubiera sabido hacerlo. Les
bastaba matar el tiempo de aquella absurda cola para las localidades de un
espectáculo también absurdo que les habían recomendado sendos conocidos, éstos
nada absurdos, por cierto.
-La secretaria del jefe de
sección.
-La cuñada de mi portera.
Sólo al cabo de un rato él se
atrevió a plantearlo :
-¿Te fías mucho de la cuñada de
tu portera?
-Psé. Apenas la conozco. ¿Y qué
me dices tú de la secretaria del jefe de sección?
-Es tonta. Pero siempre está al
loro.
-En resumen, que a lo mejor el
espectáculo es un palo.
-A lo mejor.
-Entonces, ¿qué estamos haciendo
aquí tú y yo?
El hubiera respondido sin vacilar : “El memo”. Pero la obviedad que le salió era más prometedora :
-Conocernos.
-Bueno, pues acabemos. Yo me
llamo Sara.
-Yo me llamo Rafi.
Los labios de Sara eran húmedos y
blandos, a Rafi le parecieron muy grandes – quizá le influía la contundencia
visual de su cuerpo entero –, de modo que sintió sobre su mejilla como si
pretendieran envolvérsela. Agradable envolvimiento :
podéis continuar, yo me dejo. En cambio, Sara no experimentó nada, como ocurre
en esos besos maquinales intercambiados con tipos que importan un pimiento : los labios de Rafi no existían más que para
despachar la rutina. Le hubiera gritado : “¡Pero besa
con fuerza, tío!”. De veras que su ancha, suave y risueña epidermis clamaba de
sed.
Sara no se lo gritó. Pero
observó apaciblemente :
-Trampa. Eso no es un beso, ni
un saludo, ni es nada. Ni siquiera un roce.
Entonces Rafi hubo de repetir,
aprendiendo cuán acogedor y liso espacio se ofrecía al deslizamiento de
aquellos sus labios perezosos.
-Así está mejor.
-Es verdad :
está mejor.
Se miraron, entre burlones y
divertidos, él alzando la mirada y ella bajándola :
imperativos de sus dimensiones respectivas. Y rompieron a reir al mismo tiempo,
por lo mismo y de lo mismo, aunque desde su perspectiva correspondiente
:
(-¡Qué cacho de mujer!)
(-¡Qué monada de tímido!)
Su aparatosa disparidad les
regocijaba por igual, pero al mismo tiempo les compensaba tranquilizadoramente.
El joven menudito y vacilante quería refugiarse a la sombraza de la chica
enorme. Y ésta pretendía encogerse hasta sentirse pequeñaja y desvalida.
Se estaba bien al lado de Sara.
Se estaba bien al lado de Rafi.
Porque, por otra parte, ¿qué
razón tenía el complejo de Sara? “Un trabajo tal que no la vieran”. Pues no era
fea. Sus ojos brillaban con algo parecido a la ternura, aunque tristones, casi
pidiendo perdón por atreverse a mirar.
No más razones tenían los
titubeos de Rafi : efecto inevitable de la inseguridad
enraizada en quien sabe que se le permite ganarse la vida sólo a pequeños
plazos, es decir, a trompicones ; que tres meses más tarde, o quince días, ¡o
veinticuatro horas!, se habrá de encontrar de nuevo a cero, obligado a
recomenzar, mísero Sísifo masificado del siglo XXI.
-¿A dónde vamos?
No habían necesitado expresarlo
para convenir en que no valía la pena continuar de plantón en aquella cola. Ya
tenían la localidad – y gratis – que habían buscado
sin saberlo : una localidad para las siguientes horas,
tan chatas las pobrecillas.
-A cualquier parte, Sara.
-A cualquier parte, Rafi.
Fueron sucesivas “cualesquiera
partes” : primero, un bar lóbrego semivacío ; más
tarde, un paseo por calles que no podrían recordar y el banco en una plaza
donde despacharon unos bocatas ; por la tarde, un cine cuyo estreno les tenía
sin cuidado ; al anochecer, un figón donde malcenaron con mucho apetito y
excelente humor ; finalmente, una habitación alquilada, con una cama muy
blanda, sin prever que Sara se habría de sentir estrecha en ella.
Ellos, tan de mañanita, habían dicho “A cualquier parte” muy ajenos a
sospechar que cupiera tanta existencia en aquel topicazo. Porque Rafi
perfeccionó rápidamente su actividad besucona y Sara se acreditó como excelente
manipuladora de la cremallera de su pantalón, en busca de un argumento más
convincente – sólo uno – para prolongar su jornada. Esta, en efecto, se
distendía ante ellos como un gigantesco chiclé que se propusiera llegar hasta
pasado mañana. ¿El tiempo? Pero si se conocían desde siempre...
Si
cualquiera de ellos hubiera preguntado al otro “¿Te sientes bien?” hubiera
recibido una mirada y una sonrisa traducibles por una palmada de chancera
complicidad. “¡Pues estaría bueno, claro que sí! ¡Lo mismo que tú!”. Hay cosas
que no se preguntan. Aquella experiencia de acomodarse al Gran Diferente que
respectivamente llevaban al lado les causaba, más que propiamente ilusión, un
estado de plácido interés, una relajación nueva y desconocida... Sobre todo,
una complacencia higiénica, como la de quien se cambia la camisa o la blusa
para endosar otra nuevecita y fragante, aunque sea de un número equivocado.
Inmediatamente, la prenda nueva pasa a sentirse como propia y si alguien,
mirándola desde fuera, la encuentra desacertada, el imbécil será éste, por no haber acomodado
sus ojos al pujante brío de una vida que echa hacia delante.
La sensación de Sara, muy
semejante, era más intensa : para ella era como si se
hubiese librado de la braga, para dejar al fin – como decía una amiga suya –
que el coño se airease a gusto.
La
mujer que les alquilaba la habitación, con ese típico aire de viuda tras muchas
viudeces – la legítima y todas las demás – ,
apolillada y aburrida, desganada y menos que desdeñosa, había prestado tan poca
atención a la pareja como a los euros que le entregaron, obedeciendo con
docilidad su indicación, casi conminatoria. No parecía interesarle nada de lo
que sucediera ante sus ojos (o a escondidas de ellos) :
sabía demasiado lo que sucedía continuamente, de hora en hora, dentro de la
habitación que alquilaba. Siempre lo mismo. ¡Tan repetido, tan monótono! Por
eso refugiaba sus últimos restos de atención sobre un libro que leía a media voz, muy despacio, última
secuela de su alfabetización deficiente :
“El espíritu maligno que se toma por el
fuego descenderá en los discípulos del anticristo como el espíritu sancto
descendió en los apóstoles de Jesús [...] Son corrompidos él y sus secuaces y
abominables son hechos en las iniquidades, no hay quien haga bien de todos
ellos...”
Ni Rafi ni Sara estaban en
condiciones de prestar atención a su bisbiseo ; pero,
aunque lo hubieran hecho, probablemente no les hubiese sorprendido demasiado
que la torva mujeruca leyese un viejo texto sobre el Anticristo.
(¿Y quién es ese tipo?).
Sólo repararon poco después, más
bien divertidos, en las láminas que decoraban – es un decir – la habitación
monoúso donde se encerraron inmediatamente, obra de un pintor de séptima
categoría, quién sabe si más dotado de humor que de habilidad.
-Son
de tebeo porno – dijo Rafi.
Vergas
desaforadas – también las habían pintado así los decoradores de Pompeya, ¡uh!,
el ser humano progresa muy poco en ciertos aspectos – ;
vaginas como la entrada en un parque de atracciones ; tetas colosales, globos
cautivos a punto de reventar.
-Tonterías
– sentenció Sara – Yo las gano a todas esas.
Y
fue estrictamente cierto : tan pronto como soltó su
teta derecha, confirmó que era mucho más monumental y túrgida que cualquiera de
las imaginadas por el desdichado pintorzuelo entre una paja y otra.
Limpieza,
la imprescindible. El “bidet”,
demasiado al paso : se podía tropezar con él si
alguien se movía un poco aturdido dentro de aquellos escasos metros cuadrados.
Estrechez general : se daba por supuesto que para el
asunto no hacía falta más espacio que el ocupado por la cama. Craso error, pero
cualquiera apea del mismo a quienes sólo piensan en el dinero rápido para los
desahogos rápidos. Lo estrictamente necesario, y basta :
el “bidet” lo era, pues allá estaba. Como a Rafi le
faltaba por completo la fantasía, no pudo imaginar a bote pronto el excitante
barroquismo de las oleadas de culo desbordándose por todas partes desde los
bordes de aquella mísera cerámica, apenas suficiente para remojar la melena
pubiana de su pareja. Pero lo que no le hubo anticipado su fallida fantasía, se
lo compensó con creces la inmediata experiencia visual. Su chica pareció allí
una reinona intentando mear en un dedalito.
-¡Parece
un chiste! – exclamó.
También
Sara se echó a reir :
-No
fabrican a mi medida.
Pero
ella era más ingeniosa y le demostró que también podían jugar con el dedalito.
Lo
demás sólo podía continuar de una manera. Porque ni el tamaño es calidad ni los
hechos siguientes debieron depender necesariamente de aquel condicionamiento.
Rafi y Sara aprovecharon a fondo su no-tiempo. Porque, en efecto, llevaban
desde aquella mañana instalados más allá de cualquier limitación temporal.
Revolcones y risas, juegos y
descubrimientos. Porque hay que ver cuánto puede descubrirse entre los pliegues
de unas carnes tan generosas como las de ella. Vivían, nada menos. “Se” vivían,
que es mejor todavía. Rafi vivía a Sara. Sara vivía a Rafi. Torpes y cortitos,
como todos los humanos, aquélla era su manera más plena y dichosa de vivir-se,
vía entrepierna, hacia una totalidad del ser que no hubieran expresado nunca
por muchos miles de crucigramas que resolvieran en su vida.
Palabras, pocas. Pero suficientes : tópicos de cine, y gracias.
Onomatopeyas, muchas. ¿Quién
discute la expresividad de las onomatopeyas?
-Hhhmmmm...
-Aaajjjjjjj...
-Jup,
jup, jup...
-Fsshhhhh...
-Uah,
uah, uah, uah...
Algún
filólogo exigente, doblado de psicólogo, debiera proceder a la traducción de
semejantes expresiones : resultaría un repertorio de sensaciones placenteras,
de lindezas y ternuras, ¡de exigencias y de concesiones!, de deseos en trance
de cumplirse y volverse a desear inmediatamente – que es lo que tienen de bueno
algunos deseos –, de gratitud, de ofrecimiento, de aceptación, de rendimiento,
de promesa, de cuasi-plenitud – siempre “cuasi” y eso es también lo mejor del
caso –, de chanza, de júbilo, de triunfo, de jactancia, de abandono...
Continuo
juego. Dos niños descubriendo los juguetes nuevos ocultos, aunque tan
evidentes, en el cuerpo del otro. Sobre aquellas mórbidas superficies que Sara
había extendido para su delicia, el rutinario y apacible Rafi se sentía
inventivo – por vez primera –, explorando la más palpitante geografía
: profundos valles, las ingles ; grandiosas montañas, deslizantes como
toboganes, los pechos ; cráter extinto, el ombligo ; “selva selvaggia”, el pubis y finalmente, defendida por ésta, la
húmeda sima donde abismarse hasta el centro de la tierra.
O
de la mujer, que tanto se parece a ella.
Era,
además, una geografía sonora : puesto que arrancaba de
sus gargantas aquella variedad de sonidos jamás escuchados hasta entonces. Más
los otros, sugeridos – que no escuchados – por las diversas zonas de tan
sobreabundosa anatomía. El culo de Sara era un anchuroso tambor, o mejor,
tambor doble, donde él marcaba el ritmo belicoso de su frenesí. Los pezones
exigían otro trabajo de los labios, más tenaces allí que aplicados a la más
retumbante trompa. Pero ella no se quedaba en zaga en lo que atañe a divertidos
manejos y agarrado que hubo con su mano diestra el badajo de cierta supuesta
campana, no dejó de repicar con tenaz apasionamiento.
Juego interminable, puesto que
se alternaba con entradas y salidas infatigables...
Algo inesperado, por exterior,
brusco, extemporáneo, les sacudió bruscamente de su entusiasmo.
Fueron
unos golpes en la puerta.
-¡Su
hora! Tienen que largarse.
-No
nos largamos – respondió Rafi sacando un genio que jamás se hubiera sospechado,
pero sin alterar lo más mínimo el ritmo de su función en curso – Le pagaremos
el resto.
La
vieja respondió con sordos gruñidos que tanto pudieran ser de conformidad como
de codicia, de enojo como de sorpresa e incluso quién sabe si nuevos párrafos
del libro sobre el Anticristo.
De
modo que Sara y Rafi pudieron continuar en lo suyo, olvidados “ipso facto” de la
vieja impertinente.
Solamente
pendían de aquello. Unidos eran grandes, eran fuertes, eran bellos, eran todo.
No hubieran concebido, ya, existir de otra manera que confundidos en un solo
impulso, mutuamente adentrados.
Pero
la vieja regresó, una vez y otra, con intervalos regulares :
los plazos establecidos según el precio de su alquiler. Despedida siempre con
la misma promesa de pago, al cabo, optó por añadir un efecto conminatorio
: recordarles en voz alta el estado de sus cuentas.
-¡Me
deben ya ciento veinte euros!
...
-¡Me
deben ya ciento sesenta euros!
...
-¡Me
deben ya doscientos euros!
Ellos
no tenían tanto dinero, pero era igual. Ellos continuaban, y fuera... ¡que
lloviese!
Ni
un solo instante pensaron, ni mucho menos comentaron, cómo se las habrían de
arreglar. Todas sus potencias estaban concentradas en el acto unitivo y el
resquicio de reflexión se limitaba a decidir, también al unísono, que no
estaban dispuestos a separarse, ¡en lo mejor de su realización!
La
vez siguiente, cuando volvió para apremiarles, Sara estaba con la boca llena y
no precisamente de ningún manjar digerible. Hubo de sacárselo un momento para gruñir :
-Váyase
a la mierda, vieja.
-Eso
se lo dirán a la policía, porque ahora mismo la llamo.
-La
policía no acude porque una pareja esté follando – gritó Sara.
-Pero
acude si un cliente no paga.
-Es
que nosotros pagamos.
-¡Debe
ser ahora mismo! No aguanto más. Aquí no se fía.
-Pues
llame, llame a ver qué le dicen.
No
la escucharon más. Si hubieran aguzado el oído, nítidamente se hubiese
percibido también el subsiguiente diálogo tras las puerta :
-Lo
siento, no puedo. Llevan ahí más de trece horas, pero no hay manera.
-Pues
sí que debían estar calientes, vaya par.
Que continuase lloviendo. O que continuasen
llegando clientes, frustrados sucesores en aquel tálamo revuelto. Serían trece
horas allá fuera, o quince, o veinte... De hecho, una voz masculina sustituyó
la de la dueña de la casa. Era una voz tenue, más bien melíflua, no muy convencida : hablaba por delegación y claramente evitaba
meterse en líos. ¿Que no finalizaban? Bueno, allá ellos, ya se las entenderían
con la patrona cuando ésta se levantase de su descanso.
Despertó más temprano que de
costumbre. Un estrépito horroroso, procedente de la calle la obligó a asomarse
al balcón, desgreñada y legañosa todavía. Un atasco circulatorio formidable
había disparado los nervios de los conductores, que jamás se convencen de que
no por armar ruido se abrirán paso antes. Avanzaba por la calzada un entierro a
la antigua usanza, como aquellos que recordaba ella de los tiempos de su niñez : una larga fila de personajes desfilando, aburridos,
en pos del coche fúnebre. Muchos de ellos, hipócritas puesto que simulaban
tristeza mientras comentaban con el más próximo por lo bajines los goles del
último partido o los chismes sobre los divos de la canción ;
incluso intercambiaban chistes...
-Pobrecillo...
-Tan buena persona...
-Tan buen amigo...
-Irreparable.
-Inolvidable.
Humor negro al alcance de todos
los cacúmenes.
Pero no era un solo entierro, sino docenas, cientos,
miles de entierros, uno tras otro, componiendo una interminable serpiente
funeraria, aunque tan compacta como si fuese una larguísima tira de acero o de
hormigón, que jamás permitiría el paso de la masa de automóviles detenidos a
uno y otro lado. Paralización y caos. Basta de circulación rodada, sólo aquel
ruido infernal. La ciudad ya no era un cruce de destinos, negocios, citas,
obligaciones y diversiones : no era más que un
entierro total, El Entierro elevado a la “n” potencia.
Muéranse todos de una puñetera
vez. ¿No ven que no les queda más remedio?
Sara había tenido tiempo de
volver a su manjar no comestible dos, cuatro, veinte veces.
La viuda se retiró de su balcón,
más alarmada que perpleja. Olvidada de sus clientes allá acantonados, tal vez
aceptando inconscientemente que ellos no pertenecían a aquella esfera, seguros
e inhibidos en otra donde no se debe, ni se paga. Solamente se retoza y se
fornica. Y todos los demás adornos de la fornicación, tan divertidos algunos.
Horas que no eran horas. Cuerpos
que ya no eran dos.
-Yo soy tú.
-Tú eres yo.
-Nosotros somos yo.
-Yo somos nosotros.
-El pene de Sara.
-El chocho de Rafi.
-Nosotros.
-Yo.
¿Llegaron
a decirlo? Sí a experimentarlo. Desde el sexo, tórax arriba, hasta las lindes del
cerebro, pero no del todo en la consciencia, poco avezada a estas filigranas.
Agitación y reposo alternativos allá abajo. Pero ni un instante para separarse.
-¿Te sales?
-No.
-Tampoco
yo te dejaría.
-No
lo quiero. Juntos siempre.
-Rafi...
– decía Rafi en el oído de Sara.
-Sara...
– decía Sara en el oído de Rafi.
-No
te vayas.
-Que
no me voy.
-Aunque
la vieja proteste.
-¿Qué
vieja?
-Es
verdad : no hay ninguna vieja. Todo es joven aquí.
-Como
yo.
-Joven...
y siempre.
-No
se acaba.
-No
se acaba nunca.
-Pues
dale.
-Aprieta,
nene.
-Dale,
y dale, y dale, más...
-No
se acaba.
Que
llueva fuera... Pero no solamente llovió : hubo una
tormenta horrorosa, cayeron varios rayos en las cercanías y finalmente se cortó
el suministro eléctrico. La ciudad quedó completamente a oscuras. Los
transportes urbanos se paralizaron y la gente – tan dependiente de los
electrodomésticos – se sintió de pronto asustada e impotente, como un niño
recién nacido a quien hubieran extraído bruscamente de la incubadora. Sólo se
escuchaban sirenas de los servicios de urgencia :
bomberos, ambulancias y coches patrulla de la policía, requeridos aquí y allá a
tontas y a locas por los ciudadanos más alarmistas.
Pero
Rafi y Sara no necesitaban electricidad para nada :
ellos funcionaban normalmente con su propia electricidad fisiológica.
Producción autárquica. ¿Oscuridad completa? El tacto infalible conducía los
dedos de Rafi a los puntos más sensibles de los rotundos pezones de Sara, al
más cuco rebordecillo de sus labios vaginales. Y lo mismo ella, con su más
limitado repertorio de destinos.
El
apagón sirvió solamente para que la vieja no regresara a su debido tiempo para
darles la lata, interrumpiendo – eso creía ella – el interminable festín de
aquel par de calentones. Demasiado afanada estaba, buscando velas,
encendiéndolas dificultosamente, recorriendo a tropezones el mísero piso,
temerosa de quién sabe qué desgracias. Mascullaba oraciones de su niñez : una vela a Dios – para que resolviese sus menudos
problemas – y otra al diablo – para que al fin le pagasen hasta el último euro
quienes ocupaban la alcoba, ahitos de pecar –. Pero las tinieblas no se
disipaban, ni la tormenta había amainado después de varias horas de estruendo.
Si
alguien hubiera podido escuchar la radio en aquella ciudad estremecida, las
noticias no hubiesen contribuído a tranquilizarle. El desastre había alcanzado
igualmente a los países vecinos. Los mares se habían embravecido y olas de
muchos metros de altura azotaban, arrasándolos en pocos segundos, los pueblos
de todas las costas. Varios buques habían naufragado en alta mar. Los aviones
habían sido derribados en pleno vuelo, porque también las capas más altas de la
atmósfera se hallaban profundamente agitadas.
-Yo,
contigo.
-Tú,
conmigo.
-Más,
cariño, más : si no hemos hecho más que empezar...
-Pues
continuemos empezando.
-Adelante.
-Sara.
-Rafi.
-¿Nos
hemos llamado siempre así?
-Desde
que nos unimos.
-¿Y
cuándo fue eso?
-¡Cualquiera
sabe!
La
oscuridad se hizo más espesa que nunca. Habían cesado los rayos, por fin,
instaurándose en los espacios una quietud tan absoluta como siniestra. Ni
siquiera un ave, huída de cualquier jardín cercano, se atrevía a alzar el vuelo
hacia aquella inmensidad de negruras. Ni un gusanillo se asomaba al exterior de
su cobijo.
Silencio
universal.
-Qué
bueno, Rafi.
-Qué
bueno, Sara.
-¿No
hubo alguna vez una vieja que quería distraernos con no sé cuento de unos
euros?
-Debió
convencerse de que no le vamos a pagar.
-Esto
no se paga.
Una
nube de polución descendió sobre las ciudades, los montes, los mares y los
llanos. Poco después no hubo ya rascacielos, ni ríos, ni aviones, ni puentes, ni
automóviles, ni bosques, porque la nube negra los había borrado sobre la haz de la tierra. No hubo nada, si acaso la muerte es
nada.
A
eso la gente hubiera llamado el fin del mundo. Pero nadie quedaba ya para
llamárselo.
Tampoco
hacía falta : no había fin del mundo, puesto que ellos
continuaban, tan frescos, sin haberse separado.
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