No se separaron

 

 

            No fue un enamoramiento. Nada de eso. Fue algo raro, aunque arrasador ; mejor dicho, suave, sutilmente arrasador. Contradictorio y paradójico. Ella era grandona, sólida, plena, aunque libre de aquella aburrida gravidez de las esculturas de Fernando Botero. Algo aleteaba, como si se dispusiera a salir volando, escapándose de sus carnes prietas. La mirada era un poco ingenua, a punto para maravillarse ante cualquier cosa. Sonreía con facilidad, aunque al parecer no encontrase motivos para ello. Vestía con desaliño y llevaba el pelo muy corto.

 

            Cruzaron sus miradas. El tampoco era nada excepcional : mediano en estatura, aunque a su lado parecía esmirriado, hombros en punta y una insinuación de calvicie sobre su cráneo amelonado, rostro aniñado con ojos miopes y ciertos movimientos torpes propios de un despistado. Cierto aire de familia con Woody Allen.

 

            No era un ligón. Tampoco ella se ilusionaba demasiado por albergar a nadie entre sus pletóricos muslos.

 

            Sin embargo – “...nadie sabe cómo ha sido” – brotó la conversación.

 

            -Tenían que abrir la taquilla a las diez. Lo dice el anuncio.

 

            -Pues son las diez y cuarto, y nada.

 

            -¿Nada? Llevamos aquí desde antes que salga el sol.

 

            -Es cierto. Aburridos, pero pacientes. Hasta ahora no se nos ha ocurrido charlar.

 

            -Yo soy de pocas palabras.

 

            -Se nota.

 

            -Lo mismo que se te nota a ti.

 

            Algo es algo : charlaron, bastante entrecortadamente al comienzo. Nimiedades, tonterías : eso que siempre se dice para callar lo que siempre se calla.

 

            -¿Qué haces?

 

            Un modo de evitar ir al fondo : ¿qué piensas? (si piensas algo), ¿quién eres? (si acaso, ciertamente, eres algo más que un grumo en la masa).

 

            -Trabajo en una empresa de electrodomésticos. Poca cosa : un contrato de tres meses, ya sabes.

 

            -Yo soy encuestadora telefónica. Trabajo porque no me ven, está claro. Cara a cara, nadie contestaría cuando yo llamase.

 

            ¡Tan vulgar!

 

            Pero hay que ver cuánto alivio produce la vulgaridad compartida. Cuando, por desgracia para ella, la vulgaridad tropieza con lo singular o lo chocante, aunque sea divertido, algo se encabrita, unas fuerzas defensivas se alzan con todas sus armas para proteger su comodísima calma chicha. Cesa el tranquilo diálogo para dejar paso a una especie de forcejeo contra la amenaza de una pronta intromisión.

 

            Ninguno pretendía entrometerse en los asuntos del otro, ni hubiera sabido hacerlo. Les bastaba matar el tiempo de aquella absurda cola para las localidades de un espectáculo también absurdo que les habían recomendado sendos conocidos, éstos nada absurdos, por cierto.

 

-La secretaria del jefe de sección.

 

-La cuñada de mi portera.

 

Sólo al cabo de un rato él se atrevió a plantearlo :

 

-¿Te fías mucho de la cuñada de tu portera?

 

-Psé. Apenas la conozco. ¿Y qué me dices tú de la secretaria del jefe de sección?

 

-Es tonta. Pero siempre está al loro.

 

-En resumen, que a lo mejor el espectáculo es un palo.

 

-A lo mejor.

 

-Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí tú y yo?

 

El hubiera respondido sin vacilar : “El memo”. Pero la obviedad que le salió era más prometedora :

 

-Conocernos.

 

-Bueno, pues acabemos. Yo me llamo Sara.

 

-Yo me llamo Rafi.

 

Los labios de Sara eran húmedos y blandos, a Rafi le parecieron muy grandes – quizá le influía la contundencia visual de su cuerpo entero –, de modo que sintió sobre su mejilla como si pretendieran envolvérsela. Agradable envolvimiento : podéis continuar, yo me dejo. En cambio, Sara no experimentó nada, como ocurre en esos besos maquinales intercambiados con tipos que importan un pimiento : los labios de Rafi no existían más que para despachar la rutina. Le hubiera gritado : “¡Pero besa con fuerza, tío!”. De veras que su ancha, suave y risueña epidermis clamaba de sed.

 

Sara no se lo gritó. Pero observó apaciblemente :

 

-Trampa. Eso no es un beso, ni un saludo, ni es nada. Ni siquiera un roce.

 

Entonces Rafi hubo de repetir, aprendiendo cuán acogedor y liso espacio se ofrecía al deslizamiento de aquellos sus labios perezosos.

 

-Así está mejor.

 

-Es verdad : está mejor.

 

Se miraron, entre burlones y divertidos, él alzando la mirada y ella bajándola : imperativos de sus dimensiones respectivas. Y rompieron a reir al mismo tiempo, por lo mismo y de lo mismo, aunque desde su perspectiva correspondiente :

 

(-¡Qué cacho de mujer!)

 

(-¡Qué monada de tímido!)

 

Su aparatosa disparidad les regocijaba por igual, pero al mismo tiempo les compensaba tranquilizadoramente. El joven menudito y vacilante quería refugiarse a la sombraza de la chica enorme. Y ésta pretendía encogerse hasta sentirse pequeñaja y desvalida.

 

Se estaba bien al lado de Sara. Se estaba bien al lado de Rafi.

 

Porque, por otra parte, ¿qué razón tenía el complejo de Sara? “Un trabajo tal que no la vieran”. Pues no era fea. Sus ojos brillaban con algo parecido a la ternura, aunque tristones, casi pidiendo perdón por atreverse a mirar.

 

No más razones tenían los titubeos de Rafi : efecto inevitable de la inseguridad enraizada en quien sabe que se le permite ganarse la vida sólo a pequeños plazos, es decir, a trompicones ; que tres meses más tarde, o quince días, ¡o veinticuatro horas!, se habrá de encontrar de nuevo a cero, obligado a recomenzar, mísero Sísifo masificado del siglo XXI.

 

-¿A dónde vamos?

 

No habían necesitado expresarlo para convenir en que no valía la pena continuar de plantón en aquella cola. Ya tenían la localidad  y gratis – que habían buscado sin saberlo : una localidad para las siguientes horas, tan chatas las pobrecillas.

 

-A cualquier parte, Sara.

 

-A cualquier parte, Rafi.

 

Fueron sucesivas “cualesquiera partes” : primero, un bar lóbrego semivacío ; más tarde, un paseo por calles que no podrían recordar y el banco en una plaza donde despacharon unos bocatas ; por la tarde, un cine cuyo estreno les tenía sin cuidado ; al anochecer, un figón donde malcenaron con mucho apetito y excelente humor ; finalmente, una habitación alquilada, con una cama muy blanda, sin prever que Sara se habría de sentir estrecha en ella.

 

Ellos, tan de mañanita,  habían dicho “A cualquier parte” muy ajenos a sospechar que cupiera tanta existencia en aquel topicazo. Porque Rafi perfeccionó rápidamente su actividad besucona y Sara se acreditó como excelente manipuladora de la cremallera de su pantalón, en busca de un argumento más convincente – sólo uno – para prolongar su jornada. Esta, en efecto, se distendía ante ellos como un gigantesco chiclé que se propusiera llegar hasta pasado mañana. ¿El tiempo? Pero si se conocían desde siempre...

 

            Si cualquiera de ellos hubiera preguntado al otro “¿Te sientes bien?” hubiera recibido una mirada y una sonrisa traducibles por una palmada de chancera complicidad. “¡Pues estaría bueno, claro que sí! ¡Lo mismo que tú!”. Hay cosas que no se preguntan. Aquella experiencia de acomodarse al Gran Diferente que respectivamente llevaban al lado les causaba, más que propiamente ilusión, un estado de plácido interés, una relajación nueva y desconocida... Sobre todo, una complacencia higiénica, como la de quien se cambia la camisa o la blusa para endosar otra nuevecita y fragante, aunque sea de un número equivocado. Inmediatamente, la prenda nueva pasa a sentirse como propia y si alguien, mirándola desde fuera, la encuentra desacertada,  el imbécil será éste, por no haber acomodado sus ojos al pujante brío de una vida que echa hacia delante.

           

La sensación de Sara, muy semejante, era más intensa : para ella era como si se hubiese librado de la braga, para dejar al fin – como decía una amiga suya – que el coño se airease a gusto.

 

            La mujer que les alquilaba la habitación, con ese típico aire de viuda tras muchas viudeces – la legítima y todas las demás – , apolillada y aburrida, desganada y menos que desdeñosa, había prestado tan poca atención a la pareja como a los euros que le entregaron, obedeciendo con docilidad su indicación, casi conminatoria. No parecía interesarle nada de lo que sucediera ante sus ojos (o a escondidas de ellos) : sabía demasiado lo que sucedía continuamente, de hora en hora, dentro de la habitación que alquilaba. Siempre lo mismo. ¡Tan repetido, tan monótono! Por eso refugiaba sus últimos restos de atención sobre un libro  que leía a media voz, muy despacio, última secuela de su alfabetización deficiente :

            “El espíritu maligno que se toma por el fuego descenderá en los discípulos del anticristo como el espíritu sancto descendió en los apóstoles de Jesús [...] Son corrompidos él y sus secuaces y abominables son hechos en las iniquidades, no hay quien haga bien de todos ellos...”

           

Ni Rafi ni Sara estaban en condiciones de prestar atención a su bisbiseo ; pero, aunque lo hubieran hecho, probablemente no les hubiese sorprendido demasiado que la torva mujeruca leyese un viejo texto sobre el Anticristo.

           

(¿Y quién es ese tipo?).

 

Sólo repararon poco después, más bien divertidos, en las láminas que decoraban – es un decir – la habitación monoúso donde se encerraron inmediatamente, obra de un pintor de séptima categoría, quién sabe si más dotado de humor que de habilidad.

 

            -Son de tebeo porno – dijo Rafi.

 

            Vergas desaforadas – también las habían pintado así los decoradores de Pompeya, ¡uh!, el ser humano progresa muy poco en ciertos aspectos – ; vaginas como la entrada en un parque de atracciones ; tetas colosales, globos cautivos a punto de reventar.

 

            -Tonterías – sentenció Sara – Yo las gano a todas esas.

 

            Y fue estrictamente cierto : tan pronto como soltó su teta derecha, confirmó que era mucho más monumental y túrgida que cualquiera de las imaginadas por el desdichado pintorzuelo entre una paja y otra.

 

            Limpieza, la imprescindible. El “bidet”, demasiado al paso : se podía tropezar con él si alguien se movía un poco aturdido dentro de aquellos escasos metros cuadrados. Estrechez general : se daba por supuesto que para el asunto no hacía falta más espacio que el ocupado por la cama. Craso error, pero cualquiera apea del mismo a quienes sólo piensan en el dinero rápido para los desahogos rápidos. Lo estrictamente necesario, y basta : el “bidet”  lo era, pues allá estaba. Como a Rafi le faltaba por completo la fantasía, no pudo imaginar a bote pronto el excitante barroquismo de las oleadas de culo desbordándose por todas partes desde los bordes de aquella mísera cerámica, apenas suficiente para remojar la melena pubiana de su pareja. Pero lo que no le hubo anticipado su fallida fantasía, se lo compensó con creces la inmediata experiencia visual. Su chica pareció allí una reinona intentando mear en un dedalito.

 

            -¡Parece un chiste! – exclamó.

 

            También Sara se echó a reir :

 

            -No fabrican a mi medida.

 

            Pero ella era más ingeniosa y le demostró que también podían jugar con el dedalito.

 

            Lo demás sólo podía continuar de una manera. Porque ni el tamaño es calidad ni los hechos siguientes debieron depender necesariamente de aquel condicionamiento. Rafi y Sara aprovecharon a fondo su no-tiempo. Porque, en efecto, llevaban desde aquella mañana instalados más allá de cualquier limitación temporal.

 

Revolcones y risas, juegos y descubrimientos. Porque hay que ver cuánto puede descubrirse entre los pliegues de unas carnes tan generosas como las de ella. Vivían, nada menos. “Se” vivían, que es mejor todavía. Rafi vivía a Sara. Sara vivía a Rafi. Torpes y cortitos, como todos los humanos, aquélla era su manera más plena y dichosa de vivir-se, vía entrepierna, hacia una totalidad del ser que no hubieran expresado nunca por muchos miles de crucigramas que resolvieran en su vida.    

           

Palabras, pocas. Pero suficientes : tópicos de cine, y gracias.

           

Onomatopeyas, muchas. ¿Quién discute la expresividad de las onomatopeyas?

           

-Hhhmmmm...

            -Aaajjjjjjj...

 

            -Jup, jup, jup...

 

            -Fsshhhhh...

 

            -Uah, uah, uah, uah...

 

            Algún filólogo exigente, doblado de psicólogo, debiera proceder a la traducción de semejantes expresiones : resultaría un repertorio de sensaciones placenteras, de lindezas y ternuras, ¡de exigencias y de concesiones!, de deseos en trance de cumplirse y volverse a desear inmediatamente – que es lo que tienen de bueno algunos deseos –, de gratitud, de ofrecimiento, de aceptación, de rendimiento, de promesa, de cuasi-plenitud – siempre “cuasi” y eso es también lo mejor del caso –, de chanza, de júbilo, de triunfo, de jactancia, de abandono...

 

            Continuo juego. Dos niños descubriendo los juguetes nuevos ocultos, aunque tan evidentes, en el cuerpo del otro. Sobre aquellas mórbidas superficies que Sara había extendido para su delicia, el rutinario y apacible Rafi se sentía inventivo – por vez primera –, explorando la más palpitante geografía : profundos valles, las ingles ; grandiosas montañas, deslizantes como toboganes, los pechos ; cráter extinto, el ombligo ; “selva selvaggia”, el pubis y finalmente, defendida por ésta, la húmeda sima donde abismarse hasta el centro de la tierra.

 

            O de la mujer, que tanto se parece a ella.

 

            Era, además, una geografía sonora : puesto que arrancaba de sus gargantas aquella variedad de sonidos jamás escuchados hasta entonces. Más los otros, sugeridos – que no escuchados – por las diversas zonas de tan sobreabundosa anatomía. El culo de Sara era un anchuroso tambor, o mejor, tambor doble, donde él marcaba el ritmo belicoso de su frenesí. Los pezones exigían otro trabajo de los labios, más tenaces allí que aplicados a la más retumbante trompa. Pero ella no se quedaba en zaga en lo que atañe a divertidos manejos y agarrado que hubo con su mano diestra el badajo de cierta supuesta campana, no dejó de repicar con tenaz apasionamiento.

 

Juego interminable, puesto que se alternaba con entradas y salidas infatigables...

 

Algo inesperado, por exterior, brusco, extemporáneo, les sacudió bruscamente de su entusiasmo.

 

            Fueron unos golpes en la puerta.

 

            -¡Su hora! Tienen que largarse.

 

            -No nos largamos – respondió Rafi sacando un genio que jamás se hubiera sospechado, pero sin alterar lo más mínimo el ritmo de su función en curso – Le pagaremos el resto.

 

            La vieja respondió con sordos gruñidos que tanto pudieran ser de conformidad como de codicia, de enojo como de sorpresa e incluso quién sabe si nuevos párrafos del libro sobre el Anticristo.

 

            De modo que Sara y Rafi pudieron continuar en lo suyo, olvidados “ipso facto” de la

vieja impertinente.

 

            Solamente pendían de aquello. Unidos eran grandes, eran fuertes, eran bellos, eran todo. No hubieran concebido, ya, existir de otra manera que confundidos en un solo impulso, mutuamente adentrados.

 

            Pero la vieja regresó, una vez y otra, con intervalos regulares : los plazos establecidos según el precio de su alquiler. Despedida siempre con la misma promesa de pago, al cabo, optó por añadir un efecto conminatorio : recordarles en voz alta el estado de sus cuentas.

 

            -¡Me deben ya ciento veinte euros!

 

            ...

 

            -¡Me deben ya ciento sesenta euros!

 

            ...

 

            -¡Me deben ya doscientos euros!

 

            Ellos no tenían tanto dinero, pero era igual. Ellos continuaban, y fuera... ¡que lloviese!

 

            Ni un solo instante pensaron, ni mucho menos comentaron, cómo se las habrían de arreglar. Todas sus potencias estaban concentradas en el acto unitivo y el resquicio de reflexión se limitaba a decidir, también al unísono, que no estaban dispuestos a separarse, ¡en lo mejor de su realización!

 

            La vez siguiente, cuando volvió para apremiarles, Sara estaba con la boca llena y no precisamente de ningún manjar digerible. Hubo de sacárselo un momento para gruñir :

 

            -Váyase a la mierda, vieja.

 

            -Eso se lo dirán a la policía, porque ahora mismo la llamo.

 

            -La policía no acude porque una pareja esté follando – gritó Sara.

 

            -Pero acude si un cliente no paga.

 

            -Es que nosotros pagamos.

 

            -¡Debe ser ahora mismo! No aguanto más. Aquí no se fía.

 

            -Pues llame, llame a ver qué le dicen.

 

            No la escucharon más. Si hubieran aguzado el oído, nítidamente se hubiese percibido también el subsiguiente diálogo tras las puerta :

 

            -Lo siento, no puedo. Llevan ahí más de trece horas, pero no hay manera.

 

            -Pues sí que debían estar calientes, vaya par.

 

 Que continuase lloviendo. O que continuasen llegando clientes, frustrados sucesores en aquel tálamo revuelto. Serían trece horas allá fuera, o quince, o veinte... De hecho, una voz masculina sustituyó la de la dueña de la casa. Era una voz tenue, más bien melíflua, no muy convencida : hablaba por delegación y claramente evitaba meterse en líos. ¿Que no finalizaban? Bueno, allá ellos, ya se las entenderían con la patrona cuando ésta se levantase de su descanso.

 

Despertó más temprano que de costumbre. Un estrépito horroroso, procedente de la calle la obligó a asomarse al balcón, desgreñada y legañosa todavía. Un atasco circulatorio formidable había disparado los nervios de los conductores, que jamás se convencen de que no por armar ruido se abrirán paso antes. Avanzaba por la calzada un entierro a la antigua usanza, como aquellos que recordaba ella de los tiempos de su niñez : una larga fila de personajes desfilando, aburridos, en pos del coche fúnebre. Muchos de ellos, hipócritas puesto que simulaban tristeza mientras comentaban con el más próximo por lo bajines los goles del último partido o los chismes sobre los divos de la canción ; incluso intercambiaban chistes...

 

-Pobrecillo...

 

 

-Tan buena persona...

 

-Tan buen amigo...

 

-Irreparable.

 

-Inolvidable.

 

Humor negro al alcance de todos los cacúmenes.

 

 Pero no era un solo entierro, sino docenas, cientos, miles de entierros, uno tras otro, componiendo una interminable serpiente funeraria, aunque tan compacta como si fuese una larguísima tira de acero o de hormigón, que jamás permitiría el paso de la masa de automóviles detenidos a uno y otro lado. Paralización y caos. Basta de circulación rodada, sólo aquel ruido infernal. La ciudad ya no era un cruce de destinos, negocios, citas, obligaciones y diversiones : no era más que un entierro total, El Entierro elevado a la “n” potencia.

 

Muéranse todos de una puñetera vez. ¿No ven que no les queda más remedio?

 

Sara había tenido tiempo de volver a su manjar no comestible dos, cuatro, veinte veces.

 

La viuda se retiró de su balcón, más alarmada que perpleja. Olvidada de sus clientes allá acantonados, tal vez aceptando inconscientemente que ellos no pertenecían a aquella esfera, seguros e inhibidos en otra donde no se debe, ni se paga. Solamente se retoza y se fornica. Y todos los demás adornos de la fornicación, tan divertidos algunos.

 

Horas que no eran horas. Cuerpos que ya no eran dos.

 

-Yo soy tú.

 

-Tú eres yo.

 

-Nosotros somos yo.

 

-Yo somos nosotros.

 

-El pene de Sara.

 

-El chocho de Rafi.

 

-Nosotros.

 

-Yo.

 

            ¿Llegaron a decirlo? Sí a experimentarlo. Desde el sexo, tórax arriba, hasta las lindes del cerebro, pero no del todo en la consciencia, poco avezada a estas filigranas. Agitación y reposo alternativos allá abajo. Pero ni un instante para separarse.

           

-¿Te sales?

 

            -No.

 

            -Tampoco yo te dejaría.

 

            -No lo quiero. Juntos siempre.

 

            -Rafi... – decía Rafi en el oído de Sara.

 

            -Sara... – decía Sara en el oído de Rafi.

 

            -No te vayas.

 

            -Que no me voy.

 

            -Aunque la vieja proteste.

 

            -¿Qué vieja?

 

            -Es verdad : no hay ninguna vieja. Todo es joven aquí.

 

            -Como yo.

 

            -Joven... y siempre.

 

            -No se acaba.

 

            -No se acaba nunca.

 

            -Pues dale.

 

            -Aprieta, nene.

 

            -Dale, y dale, y dale, más...

 

            -No se acaba.

 

            Que llueva fuera... Pero no solamente llovió : hubo una tormenta horrorosa, cayeron varios rayos en las cercanías y finalmente se cortó el suministro eléctrico. La ciudad quedó completamente a oscuras. Los transportes urbanos se paralizaron y la gente – tan dependiente de los electrodomésticos – se sintió de pronto asustada e impotente, como un niño recién nacido a quien hubieran extraído bruscamente de la incubadora. Sólo se escuchaban sirenas de los servicios de urgencia : bomberos, ambulancias y coches patrulla de la policía, requeridos aquí y allá a tontas y a locas por los ciudadanos más alarmistas.

 

            Pero Rafi y Sara no necesitaban electricidad para nada : ellos funcionaban normalmente con su propia electricidad fisiológica. Producción autárquica. ¿Oscuridad completa? El tacto infalible conducía los dedos de Rafi a los puntos más sensibles de los rotundos pezones de Sara, al más cuco rebordecillo de sus labios vaginales. Y lo mismo ella, con su más limitado repertorio de destinos.

 

            El apagón sirvió solamente para que la vieja no regresara a su debido tiempo para darles la lata, interrumpiendo – eso creía ella – el interminable festín de aquel par de calentones. Demasiado afanada estaba, buscando velas, encendiéndolas dificultosamente, recorriendo a tropezones el mísero piso, temerosa de quién sabe qué desgracias. Mascullaba oraciones de su niñez : una vela a Dios – para que resolviese sus menudos problemas – y otra al diablo – para que al fin le pagasen hasta el último euro quienes ocupaban la alcoba, ahitos de pecar –. Pero las tinieblas no se disipaban, ni la tormenta había amainado después de varias horas de estruendo.

 

            Si alguien hubiera podido escuchar la radio en aquella ciudad estremecida, las noticias no hubiesen contribuído a tranquilizarle. El desastre había alcanzado igualmente a los países vecinos. Los mares se habían embravecido y olas de muchos metros de altura azotaban, arrasándolos en pocos segundos, los pueblos de todas las costas. Varios buques habían naufragado en alta mar. Los aviones habían sido derribados en pleno vuelo, porque también las capas más altas de la atmósfera se hallaban profundamente agitadas.

 

            -Yo, contigo.

 

            -Tú, conmigo.

 

            -Más, cariño, más : si no hemos hecho más que empezar...

 

            -Pues continuemos empezando.

 

            -Adelante.

 

            -Sara.

 

            -Rafi.

 

            -¿Nos hemos llamado siempre así?

 

            -Desde que nos unimos.

 

            -¿Y cuándo fue eso?

 

            -¡Cualquiera sabe!

 

            La oscuridad se hizo más espesa que nunca. Habían cesado los rayos, por fin, instaurándose en los espacios una quietud tan absoluta como siniestra. Ni siquiera un ave, huída de cualquier jardín cercano, se atrevía a alzar el vuelo hacia aquella inmensidad de negruras. Ni un gusanillo se asomaba al exterior de su cobijo.

 

            Silencio universal.

 

            -Qué bueno, Rafi.

 

            -Qué bueno, Sara.

 

            -¿No hubo alguna vez una vieja que quería distraernos con no sé cuento de unos euros?

 

            -Debió convencerse de que no le vamos a pagar.

 

            -Esto no se paga.

 

            Una nube de polución descendió sobre las ciudades, los montes, los mares y los llanos. Poco después no hubo ya rascacielos, ni ríos, ni aviones, ni puentes, ni automóviles, ni bosques, porque la nube negra los había borrado sobre la haz de la tierra. No hubo nada, si acaso la muerte es nada.

 

            A eso la gente hubiera llamado el fin del mundo. Pero nadie quedaba ya para llamárselo.

 

            Tampoco hacía falta : no había fin del mundo, puesto que ellos continuaban, tan frescos, sin haberse separado.

 

 

 

 

 

 

En cabecera : “Borrasca”, pintura del propio autor

 

 

 

 

 

 

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