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Literatura Contemporánea
El cordial "mano a mano" entre el novelista del Perú
y el minucioso estilista de La Mancha
MARIO VARGAS LLOSA, EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Acto de justicia y medida necesaria : Mario Vargas Llosa ha ingresado en la Real Academia Española de la Lengua y con él,
por su misma presencia, el tumulto de una lengua enormemente viva, expresiva, caudalosa y fecunda como los grandes ríos de
Sudamérica, a cuyas riberas se ha asomado más de una vez este autor.
Faltaba en aquella “docta casa” una presencia americana. Hay que desear que no sea la única, porque muchos otros autores de
allende el Océano han aportado – y continúan haciéndolo – un vigor envidiable a nuestra lengua común : por lo que su
“consagración” académica debiera avecinarse. No obstante, Vargas Llosa no es el primero, como algunos han supuesto :
durante el siglo pasado, la llamada “docta casa” había acogido a un colombiano y un mexicano.
Mano a mano con “Azorín”
Mario Vargas Llosa eligió la figura de “Azorín” para su discurso de ingreso : una pieza sobria, elegante, sugerente. Buena
ocasión para recordar que Vargas Llosa no es sólo un novelista – de donde obtiene la mayor popularidad –, sino un crítico
avisado y sagaz.
Hay que leer también sus obras de crítica para no perder algunas de sus mejores páginas.
No ha disimulado en su discurso su admiración hacia “Azorín” . Recuerda, por ejemplo : "‘La ruta de Don Quijote’ (1905) es
uno de los más hechiceros libros que he leído. Aunque hubiera sido el único que escribió, él solo bastaría para hacer de
‘Azorín’ uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua y el creador de un género en el que se alían la fantasía y
la observación, la crónica de viaje y la crítica literaria, el diario íntimo y el reportaje periodístico, para producir,
condensada como la luz en una piedra preciosa, una obra de consumada orfebrería artística”.
Pero es la suya una admiración crítica, no ciega.Ayuda a comprender al autor admirado : no le difumina entre la nube de
incienso.
A propósito de la obra aludida, Vargas Llosa observa : “Nunca estuvo más cerca ‘Azorín’ de esa obra maestra que siempre
rehuyó escribir, como si proponerse algo ambicioso hubiera sido incompatible con su moral de escritor que eligió, por
idiosincrasia, pereza o ascetismo intelectual, vivir confinado en el arte menor”.
Yendo más hacia la entraña de la obra azoriniana, el estilo induce a cavilar sobre el fondo : “En las recreaciones de
‘Azorín’ todo está quieto, es idéntico a sí mismo, ha sido birlado a las leyes de la caducidad y la extinción”.
Insiste más adelante : “...todo en su literatura – su temática y, sobre todo, su estilo y artesanía – parece forjado con
la intención de conservar la vida y el mundo tal como son, de suspender el tiempo y evitar la muerte. Esta es la
significación honda del presente o pretérito perfecto del indicativo en que solía escribir sus textos, de la brevedad de
sus frases y del estado de inanición en que suelen caer sus personajes : una manera de inmovilizar el mundo, de congelar la
vida, de arrancar a los hombres y a las cosas de la usura fatídica”...
“El tiempo azoriniano es una sustancia quieta y visible en la que los seres y las cosas parecen atajados. Su prosa es
intemporal : en ella nada pasa y, a lo más, gira en el sitio, alcanzando de este modo, como esos derviches místicos que,
girando, girando, invocan a Dios, un estado anti, sobrenatural. Estabilizados ontológicamente, arrancados a la contingencia,
los seres animados de su mundo se convierten en paisaje...”
“Azorín” como introductor de los clásicos
Uno de los motivos de gratitud de Vargas Llosa hacia “Azorín” es el favor que le hizo familiarizándole con los clásicos de
nuestra literatura : un favor que comparten muchos de su generación.
“El reinventaba a los clásicos para el lector desconfiado, el que hojea deprisa los periódicos, rememorándolos en su
entorno cotidiano y doméstico, espiando a esos grandes poetas o enjundiosos tratadistas o señores de la prosa novelera en
su más desarmada intimidad hogareña, campestre o monacal, y refiriendo sus querellas, miserias o fastos de una manera que
los volvía siempre seductores casos de humanidad”.
Pero... la narrativa siempre le fue negada. “El sabía describir, no contar”, resume Vargas Llosa con clara contundencia.
“‘Azorín’ fue un creador más audaz y complejo cuando escribía artículos o pequeños ensayos que cuando hacía novelas. Las
que escribió fueron experimentos audaces, pero fallidos...”
Espléndido análisis. Bien venido Mario Vargas Llosa a “la casa de todos” los que amamos y cultivamos esta lengua.
Lo mismo que eres siempre bien venido a los anaqueles de nuestras bibiliotecas.
El estilo de su discurso
Las citas anteriores permiten vislumbrar el estilo de su pieza oratoria : sencillo, casi coloquial, muy claro además de
preciso. Por supuesto, nada “académico”. Deslizó Vargas Llosa en su comienzo un deseo de no incurrir nunca en
academicismo : entendiéndolo, por supuesto, como anquilosamiento, pasadismo, quizá también petulancia o sequedad
profesoral.
Le creemos sin esfuerzo : no es ese su camino. Incluso, cabe formularle un reparo a su prosa en esta ocasión. Reparo que
casi se inadvierte, cubierto por los méritos, que son muchos.
No, señor académico
Vargas Llosa. hombre tan vital y tan práctico, ha dado otra lección, marginal, en su discurso. Además, involuntaria, pero
dadas aquellas cualidades suyas no le importará que se mencione : la lección de que los académicos también se pueden
equivocar. En esta época nuestra, tan implacable con toda autoridad, también la autoridad “delegada” de los académicos
puede discutirse. Delegada, se entiende, de la superior autoridad – ésta, corporativa – de la propia Real Academia Española
de la Lengua. A nuestro flamante académico se le escapó una conjugación equivocada : trastroca, como presente de indicativo
del verbo trastrocar, que, sin embargo, por ser irregular, debe ser trastrueca.
También se durmió Homero, dice la frase habitual. También Mario puede equivocarse y ello nada resta a la gratitud que le
debemos por tantas páginas inolvidables.
Camilo José Cela, extemporáneo
Ahora bien, una cosa es deslizar una observación de matiz y otra proclamar un desacuerdo, aunque fuera también accesorio,
en la ocasión solemne de su ingreso en la Real Academia y precisamente en el discurso de respuesta al recipiendario. Esto
es lo que hizo Camilo José Cela.
Estos discursos de respuesta son siempre protocolarios, a modo de homenaje, como testimonio de un ilustre compañerismo por
parte de la docta corporación. No se habían aprovechado nunca para manifestar disentimiento ni formular críticas a la pieza
oratoria precedente. Que Cela lo hiciera en esta ocasión quizá no llegue a ser una descortesía ; pero sí es una prueba más
del mal gusto y la infatuación de este hombre, que ha dado muchas muestras de que “se considera por encima de todo” : en
esta ocasión, por encima de una norma no escrita, impuesta por el buen sentido.
Si Camilo José Cela mantiene otras opiniones sobre “Azorín”, podía haber elegido cualquiera de las siguientes opciones:
1) pasarlas por alto en semejante solemnidad;
2) dialogar previamente con el nuevo académico para conseguir un pacto amistoso acerca de los puntos en desacuerdo y evitar,
por consiguiente, que se hiciera público entonces;
3) si acaso juzgaba la cuestión tan seria – que no lo era –, renunciar él mismo a pronunciar el discurso de recepción.
Todo menos dar, por primera vez, aquella leve nota discordante.
Por fortuna, los méritos y las obras – también la simpatía personal – de Mario Vargas Llosa están muy por encima de las
extemporaneidades del veterano académico que le respondió.q
POR QUÉ “AZORÍN” CAUTIVÓ A VARGAS LLOSA
(Mínima antología azoriniana)
Fueron páginas como éstas, tan sencillas, tan cotidianas, pero tan nítidas y transparentes, las que debieron encandilar al
jovencísimo Mario Vargas Llosa, entonces muy ajeno a las glorias que el oficio de las letras habría de reservarle. Para los
hombres de hoy – Vargas Llosa lo es – la lectura de esta prosa serena, tersa, casi susurrante, puede ser un remanso en
medio de la agitación que nos rodea.
Sería bueno “redescubrir” a un autor como “Azorín”. Quien desee intentarlo, que pruebe aquietar su ánimo para leer con
tanto sosiego como fueron escritos los fragmentos que a continuación le ofrecemos.
“María Rosario” (de “Las confesiones de un pequeño filósofo”)
“María Rosario, tú tenías entonces quince años ; llevabas un traje negro y un delantal blanco ; tus zapatos eran pequeñitos
y nuevos. María Rosario, tú te ponías a coser en el patio, en un patio con un toldo y grandes evónimos en cubas pintadas de
verde ; el piso era de ladrillos rojos muy limpios. Y aquí, en este patio, tú te sentabas delante de la máquina ; a tu lado
estaba tu tía con su traje negro y su cara pálida ; más lejos, en un ángulo, estaba Teresica. Y había un ancho fayanco
atestado de ropa blanca y de telas a medio cortar, y tú revolverías con tus manos delicadas estas telas blancas y ponías
una sobre la máquina. Tus pies pequeñitos movían los pedales de hierro, y entonces la máquina marchaba, marchaba en el
sosiego del patio con un ruido ligero y rítmico.
“María Rosario, yo pienso a ratos, después de tanto tiempo, en tus manos blancas, en tus pies pequeños, en yu busto
suavemente henchido ; yo quisiera volver a aquellos años y oir el ruido de la máquina en ese patio, y ver tus ojos claros,
y tocar con las dos manos muy blandamente tus cabellos largos.
“Y esto no puede ser, María Rosario ; tú vivirás en una casa oscura ; te habrás casado con un hombre que redacte terribles
escritos para el juzgado ; acaso te hayas puesto gruesa, como todas las muchachas de pueblo cuando se casan ; tal vez
encima de la mesa del comedor haya unos pañales... Y yo siento una secreta angustia cuando evoco este momento único de
nuestra vida, que ya no volverá, María Rosario, en que estábamos los dos frente a frente, mirándonos de hito en hito sin
decir nada”.
“Horas en Sevilla” (de “España”)
“A estas horas de la mañana, unas mujeres estaban lavoteando el patizuelo y dando en los muebles furiosos golpes. ¿Para qué
golpean así estos pobres muebles? He salido a la calle. El cielo estaba azul. El aire era ligeramente fresco. El sol
brillaba en la parte alta de las blancas fachadas. Pasaban despacio algunos transeúntes. Cantaba a lo lejos un gallo. He
recorrido varias callejuelas estrechas y torcidas. Resonaban mis pasos en las piedras sonoramente. Un can rojizo que ha
pasado y al cual he llamado, ha mirado un momento y luego ha seguido andando, filosófico, despreocupado. ¿A dónde irá este
can matinal? ¿Qué hará y cuál será su plan de vida?
“Las callejuelas se perdían en un dédalo de vueltas y revueltas, aparecía de cuando en cuando un viejo y noble caserón, el
sol entraba en las ventanas altas, de los sobrados y las falsas. Veía yo los patizuelos hondos y silenciosos, pavimentados
con rojos ladrillos cuadrilongos. Asomaba a veces la cara exangüe de una vieja, o la cabeza de un hombre con un sombrero
ancho grasiento, con las alas caídas.
“He llegado a la Catedral y he entrado al patio de los Naranjos. En el centro hay una fuente. Su piedra es negruzca y
gastada ; hay en la alberca una agua verdinegra y muerta, cae de la taza de arriba un hilillo imperceptible de agua, que se
desgrana en gotas y no hace ruido al caer sobre las aguas muertas. A un lado se yergue la Giralda ; tocan unas campanas,
unos avechuchos de elásticas y rojizas alas giran en vuelos automáticos, se posan entre los intersticios de las piedras,
reaparecen, dan vueltas, se esconden otra vez, vuelan lentos, silenciosos, caprichosos de nuevo. Hay una profunda calma en
este patio y en esta hora de la mañana. Se desprende una sensación de olvido y de serenidad de esta fuente silenciosa, de
estas piedras seculares y negras, de este cielo azul y limpio, del vuelo elástico y callado de estas aves, del son lento y
cristalino de esta campana.
“He entrado en la Catedral y he recorrido las vastas naves. La catedral de Sevilla es un mundo, existen en ella multitud de
capillas, de sacristías, de patios. Yo diría ahora la atracción profunda de estas capillas apartadas, casi ignoradas, que
el público de forasteros mundanos apenas frecuenta. Hay en las catedrales españolas unas capillas sin riquezas artísticas,
pobres, casi desnudas, que parece que tienen un atractivo mayor que las opulentas y fastuosas. No se puede ver nada en
ellas, en sus paredes no cuelga sino algún cuadro insignificante, las cierra una verja vulgar. Y, sin embargo, ¡qué
misterio, qué encanto, qué atracción poderosa hay en estas capillas pobres, ignoradas, apartadas, sólo frecuentadas por
alguna viejecita que ora en un rincón, solitaria, inmóvil!”.
“Taza” (de “Pueblo”)
“Una lluvia torrencial, impetuosa. Cortina de agua entre los ojos y el sol. Oscuridad ; en la oscuridad, brillo del agua
que cae. Demasiado denso el turbión para ser agua ; no es granizo ; no son copos de nieve ; ni pedacitos de hielo.
Resplandor súbito ; el suelo cubierto de una espesa capa de tiestos ; tiestos de brillante loza. Millones de fragmentos de
tazas ; las tazas rotas de una casa en cien años ; las de un pueblo ; las de una nación ; las del mundo entero. Montaña,
cordillera de fragmentos de blancas, rojas, azules, amarillas, verdes tazas. En el ingente montón, una taza de color
amarillo ; una taza íntegra sin desportillamiento, sin grietas. Una taza amarilla, que fulge al sol ; un rayo de sol que
resbala por la redondez de la tacita amarillenta. Sola, esta taza, sobre el sedimento de los tiestos de millones de tazas.
“Vasar ; armario ; alacena, fila de vasos de cristal ; jarros, jícaras ; tazas colocadas simétricamente. Entre las tazas,
de todos los colores, la taza amarilla ; como escondida, recatada, sin que quiera que la veamos. En la casa pobre, la taza
que ha descendido a lo largo de las generaciones, de padres a hijos ; sin romperse ; sin desportillarse ; sirviendo en su
concavidad el caldo, la manzanilla, la tila, la malva, el cantueso. Llevada y traída por todo el ámbito de la casa ; hacia
el cuarto del enfermo ; del cuarto del enfermo al barreño para ser fregada ; puesta después en el vasar. Cincuenta años,
sesenta, tal vez cien. Aquí ensu leja sencilla y modesta ; si la miramos, pensando en sus méritos, aunque no pronunciemos
el elogio, su color amarillo se torna vivo carmín ; el carmín de las mejillas de una virgen pudorosa. Si, emocionados, con
las manos titubeantes, intentamos cogerla, el carmín se torna palidez de muerte. No querer morir ; querer seguir
descendiendo de mano en mano por la pendiente de las generaciones ; querer seguir estando en las manos temblorosas de estas
pobres gentes que la llevan por la casa hasta el cuarto del enfermo ;en el cuarto del enfermo, ser aproximada poco a poco a
los labios ; ser tocada, besada, por los labios ; llevar en su seno el lenitivo para el dolor ; escuchar el hondo suspiro
de sosiego, de esperanza, que de los labios se exhala después de haber absorbido el líquido que ella llevaba en su
concavidad. No pretender nada ; no ser bonita ; ser de loza tosca y sencillamente pintada ; pero tener la satisfacción de
haber aliviado muchos, incontables dolores. Y aquí, ahora, en el vasar, en la alacena, entre los vasos, entre las jícaras ;
dominada por un jarro altivo, arrogante. Un jarro que la mira a ella por encima del hombro ; por encima de su ancha boca.
Repentinamente, en el rayo de sol que entra por la ventana, entran también unos cartones que van a colocarse debajo de cada
taza. Los rótulos dice : Cien metros ; trescientos metros ; quinientos metros... Las demás tazas han caminado poco por la
casa ; el rótulo que ha venido a colocarse debajo de la taza amarilla dice : seis kilómetros. Un caminar enorme ; seis
kilómetros en cien años ; seis kilómetros en la casita reducida, pobre ; seis kilómetros en tan breve trecho como hay del
vasar a cuartos donde están las camas ; seis kilómetros de ir y venir llevada por las manos piadosas de estas gentes
sencillas ; seis kilómetros, en tanto que en su seno se removía, con un ruidito sonoro - ese ruidito que conocen los
enfermos -, la cucharita que agita el líquido. Aquí, ahora, descansando, en el vasar. Todo oscuro. De pronto, el rayo de
sol que se concentra en la tacita amarillenta y la hace brillar con un resplandor maravilloso ; el resplandor divino que
tiene la caridad”.
“Impetu” (de “El caballero inactual”)
“Primeros días de septiembre. Desastre interior. Angustia en Félix Vargas. Ya las imágenes de las predilectas amigas se han
tornado vagas, opacas ; permanecen intactos los montones de libros. El derrumbamiento íntimo en el poeta es inocultable. No
posee Félix un apoyo moral interior ; va a la deriva de las cosas ; creía él que, pasada esta obsesión de ahora, este poder
de identificación con las imágenes, surgiría un nuevo motivo psicológico en que apoyarse. Y van transcurriendo los días y
el apoyo ansiado no aparece. ¿Santa Teresa? Tampoco le queda a Félix el recurso de encontrar en este tema densidad,
solidez, consistencia para la construcción interior. No se conmueve ante este nombre ; no experimenta emoción alguna. La
sombra translúcida de la Santa aparece, desaparece, torna a surgir ; pero no se concreta en volumen tangible. ¡Y Félix ha
de escribir, ha de seguir creando, ha de trabajar sin descanso! ¡Y, sobre todo, ha de vivir! No esperaba la solución de
continuidad, y ha llegado ; el interregno, el vacío, el desamparo, están patentes. Al principio Félix sentía sólo una vaga
inquietud ; poco a poco las imágenes iban borrándose ; quedaba en el aire como una luminosidad fosforescente ; el fulgor se
extinguía ; la inquietud del poeta se trocaba en tártago doloroso. En la ventana, sin ver la campiña ; largos ratos de
profundo sopor. ¿No habrá medio de enlazar la serie extinta de emociones con otras emociones? ¿Y de crearse otro interés,
supremo interés, afanoso interés, que haga mover prestas sus manos en busca de otros libros que los ojos devoren? ¿España
no podrá suceder a Francia? El otoño es la época del año en que el poeta siente a Castilla ; otoño son las piedras doradas
de las murallas viejas y de los derruidos palacios ; otoño son los crepúsculos áureos y las campanadas de cristal en la
mañana ; otoño son los arcaicos prosistas en que tomamos fuerza para escribir la prosa nueva, aprovechándonos de su
experiencia ; otoño son las hojas de sangre y de oro que ya no volveremos a ver. La sombra de Santa Teresa que irrumpe y se
diluye. El cursillo de teresianismo en el Femina-Club. ¿Lo llegará a profesar Félix? Los días van sucediéndose ; de lo
pasado sólo queda un escorial. Ruinas de recuerdos, de sensaciones, de imágenes. Y sin emoción por nada ; indiferencia a
todo ; caminar frío por los caminos. La sensibilidad en eriazo. Ha abierto Félix un libro de Santa Teresa ; se ha puesto a
leer : ha pasado dos o tres páginas. Resistencia mansa ; impermeabilidad del espíritu ; negativa al contagio emocional. El
libro, otra vez sobre la mesa, y la mirada puesta en el volumen, con tristeza, acaso con sorda irritación. Irritación que
va creciendo y determina en Félix un ímpetu violento, irresistible. No leer ni este libro ni otro ; dejar por diez días,
por un mes, estas cuatro paredes ; entregarse con furia - con furia contra sí mismo - a la vida rota de Biarritz, a la
disipación, a la superficial y embrutecedora frivolidad. Y esta vez de un modo perdurable, y no momentáneamente, como las
pasadas”.
“Asturias” (una semblanza de Leopoldo Alas, “Clarín”, de “El paisaje de España visto por los españoles”)
“¡Cómo se van alejando estas cosas en lo pretérito! ¿Fue en los comienzos del invierno de 1897? Podríamos saberlo
fijamente; pero queremos dejar al recuerdo su ilusión y su vaguedad. Entonces, en el año que hemos indicado, conocimos a
Clarín ; fue la última vez que Leopoldo Alas vino a Madrid. Asistimos con él a una función de Lara ; se estrenaba aquella
noche una comedia de Benavente : La Farándula. Clarín era un hombre bajo, menudo, nervioso ; llevaba una barba revuelta,
como mesada en las horas de lectura y de meditación, febril e instintivamente. Dio unas conferencias Clarín en el Ateneo.
Hablaba con palabra incisiva, cortada, titubeante ; ponía un inciso dentro de otro inciso, y luego éste dentro de uno más
amplio ; hacía reservas, distingos y salvedades. Su pensamiento – lleno de idealidad y de sabor – marchaba sesgo,
deteniéndose aquí, ladeándose allá, volviendo después a la vereda recta... En resumen : no era un orador ; era un hombre
que pensaba en voz alta. Cuando se lee a Clarín, el pensamiento del lector camina también lentamente. Dos grandes críticos
de cosas modernas ha habido en España en el siglo XIX : Juan Valera y Leopoldo Alas. Una inmensa distancia los separa. Nada
en Alas de la tersura, la limpidez, la elegancia,el aticismo de Valera. Nada en Valera de la idealidad, la profunda
reflexión, la lejanía en la perspectiva de Alas. Alas entronca con Larra y Valera tiene su linaje espiritual en ingenios,
que, como Ventura de la Vega - tan magistralmente estudiado por Valera -, siendo dechados de buen gusto y del sentido de la
medida, no muestran afinidad ninguna con los grandes espíritus rudos y selváticos cual Dante y Shakespeare...”
“Pan en Burgos” (de “La cabeza de Castilla”)
“¿Pan en Burgos? ¿Y qué pan comeremos en Burgos? ¿Pan leudado o pan cenceño? ¿Pan con sal o pan sin sal? ¿Y dónde se vende
el pan que deseamos comprar? Veamos lo que nos dicen las Ordenanzas : las Ordenanzas de 1747 : Ordenanzas que suponemos
refundición de otras antiguas. En Burgos se vende pan de Burgos, naturalmente, y se vende pan que traen de la tierra de
Valladolid, y pan que traen de la tierra de Palencia. Y se vende todo el pan, el indígena y el exótico, en un lugar
adecuado para la venta del pan : en la panadería. Y en la panadería cada uno ha de estar en su sitio. Cuiden de ello los
panaderos y las panaderas. (Nunca las Ordenanzas olvidan a las panaderas) Lo que se dice del pan entiéndase asimismo de las
tortas de leche. Los jueces Fieles estarán al tanto del peso del pan ; mandarán pesar el pan cuando haya sospecha. Los
panes, si son cuartales, han de tener cuarenta y dos onzas castellanas y media. Se ha de vender el pan, si es de trigo,
como de trigo ; si es de centeno, como de centeno. Rigurosamente se persiguen las mezclas ‘prohibidas e incógnitas’. (Este
vocablo ‘incógnitas’ es textual). ¿Y es que si los panaderos y panaderas - no olvidemos a las panaderas - quieren, al
fabricar pan basto, para la gente pobre, hacer dos de un cuartal, podrán hacerlo? De ningún modo pueden fabricar una hogaza
que tenga lo que dos cuartales, es decir, ochenta y cinco onzas castellanas. No lo pueden hacer por dos motivos : el
primero, porque la cochura será deficiente, siendo el pan tan desmesurado ; el segundo, porque un pobre no puede, con esos
escasos recursos, comprar un pan tan grande y de tanto precio.
“Y ahora que hemos estado en la panadería, en Burgos, ¿no tendremos curiosidad por ver lo que pasa en los molinos? ¿No nos
atraen los molinos? ¿No nos produce una comezón de contento el repiqueteo de la tarabilla? ‘Por demás es la citola si el
molinero es sordo’, dice el refrán. Pero el molinero de este molino que visitamos no es sordo, y por lo tanto, oye, cuando
no hay cibera, el son de la tarabilla. No se han olvidado las Ordenanzas, naturalmente, de los molinos y de los molineros.
Han de tener siempre limpios sus molinos los molineros : no habrá en ellos ni gallinas ni cerdos. (Creemos que no
prestarían mucha obediencia a este precepto los molineros). Y nunca echarán las aguas de los calces - hoy decimos caces -
al camino : se forman con ello charcos que dificultan el tránsito. En cambio los terratenientes cercanos a los calces no
podrán sangrarlos : el agua es de dominio público en cuanto corre por el río o arroyo : de propiedad particular en cuanto
se remansa en el calce. Tienen los labradores del término en que esté enclavado el molino derecho preferente sobre todos
los foráneos. Pero d eningún modo puede un molinero demorar una molienda más allá de quince días.
“¡Molinos literarios! ¡Molinos que son famosos en las letras! Un molino en el Tormes, que vemos en el Lazarillo ; un molino
en el Ebro, que entrevemos en el Quijote ; un molino en... El molino, de Lope. Y un molino en El sombrero de tres picos.”
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