“BEBE”, UN RETO A LOS LINGÜISTAS

Un éxito en España, uno de esos éxitos repentinos, masivos y estruendosos, como es propio de los que desencadena la juventud, a su vez dichosamente rotunda y excesiva.

Se hace llamar “Bebe” – y se niega a decir su verdadero nombre – y es una chica del pueblo, más bien menuda, nada acicalada (los trabajos con ella de los esteticistas, si los hay, pertenecen a su secreto). Procura desmitificarse, al parecer. En la calle, pudiera pasar inadvertida, una más entre las masas que la han comezado a adorar. Pero es rompedora, explosiva y mal hablada.

Esta debe ser nuestra cuestión. “Bebe”, tan espontánea como desgarrada, usa una lengua “sub-sub”. Esta es una antología de sus expresiones en un reportaje publicado en una revista especializada en música y asuntos juveniles:

“Que le dé por culo…”
“Qué coño…”
“No tengo que decirle a nadie con quién follo o con quién no follo”.
“Voy a hacer con mi vida lo que me salga del coño”.
“Me pegó una hostia”.
“¿Qué les importa si meo de pie o sentá?
“Me jode porque…”
“No tienes ni puta idea”.
Acojoná” (por “acojonada”).
“Tiene cojones que…”

No sólo la terminología, sino también la temática, son asaz monocordes : sexo por todas partes, insultos y desplantes, autoafirmación continua a través de los aspectos menos publicables.

Sin embargo, no siempre es así. Cuando la gente sabe que Bebe ha compuesto una canción titulada “Con mis manos”, que se refiere a la masturbación (femenina, puesto que la canta ella), da en pensar precisamente en lo más audaz. Pero, no : la letra de dicha canción, literariamente muy floja, no es realista, ni siquiera descriptiva. Solamente, nostálgica y mecida por un poetismo suave.

¿Acaso es otra “Bebe”? Por supuesto que es la misma. Pero probablemente percibe que, en ciertas ocasiones, incluso a las realidades que se tienen por más descarnadas les conviene adquirir cierta pátina…

Habría que preguntarse si aquel empleo sistemático de palabras y expresiones que antaño habían sido consideradas groseras e incluso la mayoría de ellas indecentes o sucias es mercadológicamente rentable. Sus asesores deben haber manifestado su opinión desde el comienzo : lo es. Ahí tenemos a “Bebe” encumbrada en el olimpo de los personajes predilectos del público.

Porque el “gran público” – ya con abrumadora mayoría de jóvenes – habla precisamente ese lenguaje. “Bebe” es de los suyos y como tal la quiere. Aquel repertorio “prohibido” para las generaciones anteriores fue calando poco a poco en el habla popular. Finalmente, llegó a las capas ilustradas de la sociedad y hoy lo emplean normalmente los universitarios : por supuesto los estudiantes, jóvenes al fin, pero también los graduados.

¿Acaso el uso legitima los vocablos? La Real Academia Española de la Lengua tiene muy en cuenta el hecho de la aceptación social de cada una de las palabras que, finalmente, admite. Por otra parte, no está sentenciado que el habla coloquial deba ser necesariamente un repertorio de corrección formal, un ejemplo de buenas costumbres ni un código ético. Ni siquiera un dechado literario.

Los clásicos también se tomaban libertades

La gente habla como quiere. Y está bien que así sea, aunque fastidie a los puristas (que también tienen, a su vez, pleno derecho a serlo). Existe una libertad de expresión –una de las libertades fundamentales del ser humano – sancionada por todas las legislaciones democráticas (entre ellas, la Constitución española, que ampara a “Bebe”). Toca a los lingüistas trabajar sobre la materia prima que le ofrece la vida discurriendo en rededor (hablando y escribiendo). No hay que olvidar que los clásicos escribían “hideputa” con toda desenvoltura o, peor aún, la exclamación “¡La mala puta que me parió!”. Ciertamente, en ellos estas expresiones eran esporádicas. Pero no hubieran comprendido la exigencia de evitarlas.

Camilo José Cela publicó, hace bastantes años, un “Diccionario secreto” donde se recogían elevado número de términos y expresiones malsonantes. Fue un intento de dignificar lo que entonces todavía se consideraba algo así como “el excusado de la cultura”. El propio Don Camilo alardeaba de mal hablado, vayan a saber si por convicción de populismo sincero o bien como un recurso para escandalizar y llamar así la atención.

Sea como fuere, momento cumbre para este asunto ha sido y será siempre el arrebato del culto y grave Don Quijote, cuando se enfureció contra el cabecilla de los galeotes recién liberados por él (Parte I, cap. XXII) :

-Pues voto a tal, Don Hijo de la Puta, Don Ginesillo de Paropillo o como os llamáis…

Si así se expresaba Don Quijote de la Mancha, no podemos reprochar demasiado a “Bebe” que ella, a su vez, haga y diga “lo que le salga del coño”.

Evolución de la lengua

No sólo es natural, sino también deseable, que una lengua evolucione. Sin embargo, ¿hacia dónde?

La polarización en una temática concreta (sexual) o en un estilo (de rompe y rasga) pueden conducirla a un estrechamiento. Nos resistimos a decir “empobrecimiento”, pero otros lo harán. Quizá lo más deseable sería que incorporando la libertad expresiva que demuestra el habla de “Bebe” – y de tantos jóvenes de su generación – la lengua no renuncie a otras modalidades. Don Quijote despotrica con plena libertad insultante, pero también compone el equlibrado “discurso de las armas y las letras”.

Por supuesto, no podemos imaginar a “Bebe” adoptando un estilo semejante.

¿Y por qué no?

Quién sabe si alguno de sus chicos, con quienes tanta familiaridad goza – “Fóllame hasta el corazón” ha escrito sobre su cuerpo desnudo – , llega a introducirla algún día en la hermosura de un lenguaje más variado y más ambicioso.

Por el momento, hay que tomarla tal como es. Sin duda, ella lo exigiría, sazonando su voluntad con la energía de sus habituales dicharachos. Es justo que así sea : tomarla tal como es, lo mismo que tomamos al docto catedrático, preciso y mesurado en su lenguaje, y también al camionero, al repartidor de paquetería y al albañil, que se aproximan más al estilo de “Bebe”. Hablamos la misma lengua, aunque los objetivos respectivos sean diferentes y no menos lo sean las formas idiomáticas empleadas por cada cual.

Aceptación, mas no pasiva. Antes bien, activa y exigente. ¿Por qué no introducir la creatividad en este orden? Si el lenguaje desenfadado adolece de monotonía – el léxico de “Bebe” es muy limitado –, ¿por qué no animarla a ella y a quienes hablan como ella a introducir variantes, a “crear” según su peculiar sensibilidad? Que configuren nuevos giros y expresiones. Que amplíen su ámbito a otros temas, que se atrevan con nuevos contenidos : ahí tienen para desarrollar su inventiva verbal el territorio de las nuevas tecnologías – que les apasionan, por cierto –, donde el habla castiza puede liberarnos de la férula del inglés. Otro tanto vale decir respecto a las nuevas costumbres, modas, estilos…

Un campo apasionante, que ellos pueden salpicar de chispa y de vida.

Mientras tanto, que los lingüistas estudien la evolución de las formas de unos y otros, que nos dirán mucho sobre el presente de la sociedad donde vivimos : una sociedad donde abundan quienes deben reivindicar derechos largamente postergados. Enhorabuena cuando lo hagan con la alegría – la música – , el desparpajo y el “buen rollo” de “Bebe” y sus innumerables “fans”, y no a bombazo o a navajazo limpio.

Continúa cantando, “Bebe”. Gracias por hacerlo y por hacer feliz así a tanta gente.q


Imagen: portada del disco de "Bebe" "Pafuera telarañas".

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