Argentina logra “otro cine”

¿Qué tiene el cine argentino?

El cine argentino triunfa. A menudo, incluso, el cine argentino “arrasa”.

Con la perspectiva que ofrecen una sucesión de éxitos durante los últimos años, hay que preguntarse muy seriamente sobre las características de este fenómeno – que ya no es casual –, puesto que el cine argentino ha impuesto un “estilo”, una “manera de hacer” que comparten generalmente sus grandes producciones. Por supuesto que éste es lo más contrario a la vacua apariencialidad del todopoderoso cine norteamericano, donde los apabullantes efectos especiales apenas disimulan la escasez de talento. También se contrapone a un modelo más respetable : el sólido cine europeo, donde todavía los británicos se hacen admirar por su solvencia estética y su seriedad en el manejo de las más dignas técnicas.

El cine argentino es más desenvuelto, más pimpante. Se diría que más “despreocupado” si esta expresión no fuera injusta con la bien disimulada carga de profesionalidad que lo sustenta.

Mucho más que sus antecedentes

Evocar sus antecedentes serviría poco : hace algunos decenios, la burbujeante Marilina Ross, insuperable como “La Raulito”, llegó a enamorar a todos los públicos. Pero fue un meteoro aislado. Desgraciadamente, no se pudo disfrutar de toda su amplísima gama interpretativa en el resto del mundo occidental. Puede recordarse una versión de “Pigmalión”, donde Marilina – quizá – se repetía un poco a sí misma. Encantadora siempre, pero ella era capaz de más…

Dignos directores, excelentes intérpretes, guionistas apreciables… quedaron limitados a un mercado demasiado estrecho por el “cerco de hierro” de la distribución internacional de la industria cinematográfica. Algún día habrá de surgir el historiador que analice la provincialización padecida por la sociedad occidental, obligada de hecho a aceptar las maneras, así como los valores, ¡ay!, de la única “gran potencia” cinematográfica (un choque de sanotes “cow-boys” e indios crudelísimos cubriendo el mundo : véanse los acontecimientos de 2003-2004).

Sin embargo, en ese páramo de inventiva, hace pocos años que Argentina ha dejado oir una voz nueva. ¿Qué tiene el nuevo cine argentino?, ¿qué tiene que se ha hecho inesperadamente original y admirable?

Se comenzó por los desastres

Este que denominamos “nuevo cine” puede arrancar con “La historia oficial” (1985), dirigida por Luis Puenzo y protagonizada por Norma Aleandro a la cabeza de un reparto muy equilibrado : Héctor Alterio, Hugo Arana, Guillermo Battaglia y Patricio Contreras. Aquel filme no en vano dependía de la tremenda experiencia de las dictaduras, contra las que alzaba su testimonio. Pero no se empantanaba en su dependencia : permitía vislumbrar algo más allá de sus tinieblas.

No obstante, aquella temática pudo haber sido también un cepo. La generación de cineastas que se propuso volver la mirada a tan atroz pasado reciente supo evitar la intensidad trágica derivada del mismo, que hubiera sido tan comprensible. La tragedia no se niega, pero se soterra : actúa en profundidad y sólo aparece al exterior con una señorial moderación. Algunos argumentos discurren a la vera de la crueldad : se perciben sus señales a lo lejos, como el incendio de una ciudad columbrado desde la lejanía del campo. Así, por ejemplo, en “Kamchatka” (2002) : prodigio de contención.

El director de “Kamchatka”, Marcelo Piñeyro, mantiene el horror siempre lejos de esos niños, tan espontáneos, que llenan con su alegría el mayor metraje de la cinta. Solamente los padres “saben”. No hace falta más explicitud. También los espectadores “saben” lo mismo y se comportan como afectuosos cómplices para no estropear los juegos infantiles. Elipsis también para el desenlace : los padres no regresarán jamás a jugar localizando Kamchatka.

La honradez por encima de todo

Desde este caso de elipsis – manipulada a favor de los más desprotegidos – se comprenden mejor las claves del éxito que buscamos : una honradez a toda prueba ; un interés hacia la vida cotidiana, precisamente en su grandeza de tal (por ello, cuando en otras películas surge la tragedia, no se evita, antes bien, se afronta, pero rehusando hurgar ni demorarse en ella) ; una interpretación siempre de altísima calidad, con atención a los mínimos matices (donde reside a menudo la grandeza de los personajes). En fin, una humanidad profunda, asequible, próxima.

Los hombres y mujeres del nuevo cine argentino “viven” sencillamente. Nada menos. Por lo general, no hacen nada excepcional. O no creen hacerlo : porque excepcional es, al cabo, la modestia docente, la clarividencia, la llaneza, la “sabiduría verdadera” del profesor que encarna Federico Luppi en “Lugares comunes”.

Cuando el argumento hubiera podido descender a la anécdota menor, el evento amable… con sus riesgos de intrascendencia, aparece de nuevo la textura humana de unas gentes corrientes y se apodera de la atención del espectador.

En esa clave más ligera se inscribe “El hijo de la novia”, fluido y ameno portento de naturalidad y humanidad. “El hijo de la novia” (2001), dirigida por Juan José Campanella e interpretada por Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro (¡”trío de ases”!) batió “marcas” taquilleras en España.

Norma Aleandro, por sí misma, podrá llenar todo un capítulo de la historia del cine. Pueden dejarla sola en “Cleopatra” – “casi sola”, porque su joven oponente… está espléndida incluso a su lado –, pueden confiarle el papel más comprometido o más trivial. Es lo mismo : ella lo convertirá en una obra de arte. Aquella plácida “ausencia senil” de la madre a quien preparan su boda (“El hijo de la novia”), aquella ternura en los menores ademanes, en las sonrisas apenas dibujadas, en el más leve mohín, en cualquier gesto imperceptible… Miniaturismo actoral. Arte de lo mínimo elevado a otra grandeza.

Personajes que son como nosotros, como todos. Universales, aunque no han cedido un ápice de su argentinidad. Son – mejor – como todos los espectadores perciben que les agradaría ser : sin aventuras espectaculares, pechando con sus pequeños problemas y con sus grandes dificultades (fueron años de economía muy adversa en Argentina).

Feliz país el que sabe descubrir en la cotidianidad de sus gentes esos tesoros de humanidad, espontaneidad, sencillos afectos… y los ofrece como espectáculo : el mejor espectáculo del mundo, que es asomarnos a la rica intimidad de nuestros semejantes.

¿Qué tiene el nuevo cine argentino? Ningún secreto, desde luego : la reconquista de la normalidad. Devuelve el acomodo para sentirnos seres humanos.q


Foto en cabecera : Norma Aleandro, una intérprete excepcional, puede personificar el espléndido momento del cine argentino.

Abajo : una escena de “El hijo de la novia” donde se capta uno de aquellos gestos mínimos, llenos de humanidad y en este caso de ternura, que con tanta medida caracterizan el trabajo de Norma Aleandro. Con ella, Ricardo Darín, otra de las figuras dominantes en la cinematografía hispanohablante.

<< Regreso a Revista

<< Regreso a la página de entrada