UN CORAZÓN QUE REBOSA AMÉRICA:
MARÍA DOLORES PRADERA

Cierto, cierto. Pero, ¿la rebosa acaso el corazón? ¿La voz? ¿El gesto? ¿La música, puramente?

María Dolores Pradera ha rebosado América desde todo su ser. Integramente. No tendría sentido establecer distinciones.

Sones de Cuba, de Argentina, de Perú, de Paraguay… Una geografía total en su repertorio. Pero no sólo geografía : el gusto, el talante, la hondura de cada uno de aquellos países que ha cantado, donde ha cantado, desde donde ella ha conmovido a todos los demás.

¿Géneros menores?

En el arte musical, como en otros, hay géneros y obras que exigen la excelencia : no puede cualquiera interpretar a Beethoven. Si lo intenta algún impreparado temerario, hallará su merecido en el fracaso inapelable. Lo mismo hay que decir de la ópera : no es asequible a cualquiera atreverse con Wagner, ni siquiera con Verdi. En cuanto al teatro clásico, Lope o Calderón humillarán en el polvo al insensato que se arriesgue a interpretarles sin un considerable nivel de condiciones.

En cambio, hay géneros menores asequibles a muchos. Tampoco a cualquiera, atención. Son géneros que no exigen unas dotes excepcionales, ni una técnica difícil, ni un estudio comprometido. Tenemos muchos artistas de nivel medio que hacen en ellos un decoroso papel. Les debemos gratitud y no les regateamos nuestra admiración.

Ahora bien, haría mal quien creyese que estos géneros menores, por serlo, “igualan” o “equiparan” a sus intérpretes. Vamos a llamar la atención sobre el hecho estupendo de que el artista superior puede continuar siéndolo incluso en la interpretación de una composición de ambición menor. Dicho de otro modo, la genialidad del artista puede manifestarse incluso a través de la obra modesta.

Tal es lo que ha demostrado durante muchos años María Dolores Pradera.

Es el suyo un arte integral que ha logrado un singular fenómeno estético : anular, cuando las hay, toda clase de diferencias entre los géneros y la supuesta jerarquía de éstos. Cancioncillas triviales, letras desdeñables, han sido elevadas – cuando ella las hace propias– a un nivel de exquisitez eminente. Se olvida su mediocridad, porque María Dolores no ha sido jamás mediocre. Por ejemplo, traspone lo inverosímil a la categoría de emotiva presencia. Unge lo sentimentaloide mediante el toque de su palpitante convicción. Y al asumir, igualmente, una obra excelente en origen, quedan todas niveladas por la magia de su convicción.

Porque María Dolores Pradera “vive” lo que canta. Y lo hace vivir a quienes la escuchan. Posee, gracias a su sensibilidad a flor, la capacidad de “vivir” intensamente tanto el episodio archisabido como la circunstancia melodramática. Un ejemplo, entre muchos, puede ser su interpretación, electrizante, de “Caballo prieto azabache”. Ella “obliga a convivir” la estrechísima relación de compañerismo entre el soldado y el caballo que monta : dialoga con éste – con su recuerdo – como si fuese un hermano añorado. Y lo es.

Obsérvese su versatilidad : ella, una mujer tan culta, delicada y frágil, se encarna en el bronco soldadote de las guerras de la revolución mexicana. La misma que en tantas otras ocasiones encuentra acentos de amor ternísimo para evocar al amado que se fue, en estos momentos “comunica” la angustia del condenado a muerte y el momento decisivo cuando su caballo, encabritado, se arroja sobre el pelotón de fusilamiento. Al final, el bronco soldadote casi no puede contener las lágrimas :

-…caballo amigo, ¡te debo la vida!

¡Y al oyente le cuesta, a su vez, reprimir las suyas! No cabe mayor concentración del sentimiento (este corrido mexicano dura sólo 3 minutos, 48 segundos), ni mayor intensidad comunicativa.

Todos los matices

María Dolores Pradera ha sido una virtuosa de la recreación. Nunca le ha importado tomar éxitos ajenos : los ha convertido en suyos. Plenamente suyos, por cierto, puesto que siempre logra impregnar la obra con su emoción propia, que respeta profundamente, sin embargo, el estilo de quien la hubo creado : tanto, que lo mantiene intocado (jamás una imitación) ; antes bien, revive la composición, fiel pero diferente. Debió ser muy arriesgado, en cada momento, atreverse con éxitos que se tuvieran por insuperables. Tal pudo ser el caso de las creaciones de Carlos Gardel – ¡un personaje mítico! –, que habían quedado algo así como “fijadas” a su “manera” personalísima. En efecto, cuando toma por su cuenta “Milonga sentimental”, María Dolores Pradera no solamente no depende en absoluto de Carlos Gardel, sino que compone “otra” obra, dotada de un hechizo autónomo.

La voz de esta mujer ha alternado todos los matices imaginables. La hemos escuchado melancólica en “Las acacias”, jacarandosa en “La flor de la canela” – una de sus creaciones inolvidables – , sensual en “Amanecí en tus brazos”, despechada en “No me amenaces”, irónica en “Te agradezco el consejo”, resignada en “Que te vaya bonito”, reivindicativa en “Devuélveme el rosario de mi madre” ; incluso presta a veces su personalidad a personajes masculinos y entonces, por ejemplo, interpreta la ilusión erótica de un hombre mayor en “Cuando vivas conmigo”… El amor, casi siempre. Pero sin adolecer nunca de monotonía : qué infinidad de variantes.

Una gran actriz dentro de la cantante

Una de las explicaciones – ¡si acaso las hay! – de esa excepcional versatilidad interpretativa es poco conocida, quizá, por el público actual : María Dolores Pradera procede del teatro. Fue actriz de mucho mérito en sus años jóvenes, pero abandonó las tablas probablemente porque el panorama teatral español no era entonces capaz de aprovechar los muchos valores que se habían consagrado y los que despuntaban. El mundo de la canción fue una especie de refugio para ella. Así se comprende la impecable pulcritud de su fraseo y su sorprendente capacidad para interpretar a toda clase de personajes, situaciones y sentimientos (aunque en su repertorio predominen los más tópicos).

Por lo demás, una persona encantadora. Sencillez inquebrantable. Autoexigencia sólida. Buen humor – ha dicho a veces que no sabe hablar en serio –. Sentido innato de la elegancia : había que verla en un recital del barcelonés Palacio de la Música, donde lució “solamente” dos vestidos idénticos, sencillísimos, uno blanco y el otro negro : ni una joya, ni un adorno, ¡no los necesita! Una periodista señalaba la delicia que es verla tomar con los dedos los pedacitos de jamón de Jabugo para llevárselos a la boca : elegancia y arte incluso en lo más nimio.

Un monumento vivo al buen gusto. Que por ello mismo jamás ha poseído nada monumental.

Mesura, señorío, sentimiento.

Un catálogo viviente de arte popular. Una brisa sutil paseando los perfumes de toda América… y parte de España.q


Foto superior: María Dolores Pradera, durante una entrevista en Televisión.

Abajo: María Dolores Pradera, sencillez y elegancia.

<< Regreso a Revista

<< Regreso a la página de entrada